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LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (35) - ESTHER MEYNEL


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En la mañana del lunes 31 de mayo de 1723 fue investido de sus facultades de Cantor de la Escuela de Santo Tomás y, con ese acto, empezó su larga y fructífera vida en Leipzig. Tenía que hacer muchas cosas que no estaban a la altura de su genio, como, por ejemplo, enseñar el latín a los alumnos de la Escuela de Santo Tomás; pero todas estas contrariedades las olvidaba con la alegría de volver a tener a su disposición un órgano poderoso. Apenas llevábamos una hora en nuestra nueva casa y todavía faltaba por hacer hasta lo más necesario para que durmiéramos aquella noche, cuando se me acercó apresuradamente y me dijo:

-¡Ven, Magdalena, te voy a enseñar el nuevo órgano!

Yo no había estado antes en Leipzig, pues por causa de los niños pequeños no podía moverme de Cöthen, y corría por la casa, de arriba abajo, para ver cómo podía instalarnos a todos lo más cómodamente posible, cuando mi buen marido quiso llevarme a ver su órgano. Estaba segura de -que el Cielo me perdone este pensamiento mundano- de no volver a mis trabajos caseros en mucho rato si se le ocurría tocar algo en el nuevo instrumento. Por eso vacilé un instante; pero él, impaciente, ya me había cogido de la mano:

-¡Ven, ven, la iglesia está aquí al lado!

No tuve más remedio que seguirle, y me senté en un banco junto a él, quien inmediatamente hizo funcionar todos los registros y llenó el ambiente con su música divina. Yo ya pensaba en las camas sin hacer o en los muebles que tenía revueltos por la casa.

¡Qué bien había de conocer con el tiempo aquella iglesia de Santo Tomás, y qué cantidad de música sublime había de hacer allí su Cantor! En realidad, en la iglesia había dos órganos. Uno pequeño, encima del coro, puesto que había sido construido en 1489, y el gran órgano en que estaba tocando Sebastián, revisado y reparado dos años antes. Pero el más hermoso de los órganos era el de la iglesia de la Universidad, con sus doce registros en el teclado inferior y catorce en el recitativo. En ese órgano prefería Sebastián tocar cuando lo hacía para él o para sus alumnos y amigos. Era nuevo y había sido acabado de montar mientras Sebastián estaba en Cöthen. En aquella época le habían invitado a que examinase el órgano y diese un informe sobre él, y así lo hizo, sin sospechar que, más tarde, sus manos habían de pasear por sus teclados con tanta frecuencia. En su informe había dicho que el manejo del órgano era algo difícil, porque las teclas tenían una caída demasiado grande y los tubos de las notas bajas sonaban con cierta dureza y no con el tono firme y rotundo que a él le gustaba. Pero cuando él tocaba el órgano no se notaba nada de eso. Sabía ejecutar con tal habilidad y suavidad, aun en los instrumentos más viejos, que parecía que los órganos correspondían a su cariño, a juzgar por la facilidad con que daban todo lo que podían y, bajo sus manos maravillosas, renovaban el encanto de su juventud y producían sus mejores y más dulces notas.
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