lunes

FELIZ (2) - JUAN DE MARSILIO


primera edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes / 2017


Señales

I

El mundo parece a veces
uno de aquellos discos de antaño
que se rayaban y repetían
y repetían y repetían
el mismo pedacito de canción,
que no llegaba a completar sentido
que no llegaba pero a fuerza de
repetirse lograba un algo hipnótico
de lo más persuasivo.

El mundo ofrece a veces
sucesos que se repiten
y parecen señales pero no son
-aunque vaya si tienta
tomarlos por señales.


II

Hay señales a veces de las de veras
entreveradas entre el tanto ruido
-como un canto claro
entre el ruido tanto-
y esas casualidades del oído
quieren que uno se encuentre de oreja abierta
-por una vez al menos en la vida-
en el momento y el lugar correctos.

Y en eso es que consisten los milagros.


Recuerdo

        a mi esposa

Cuando la vi por vez primera,
vestida tan así,
tan sencillita,
y sin embargo deslumbrante, tanto
que el recuerdo de a ratos me encandila
muchos años después,
fue que pude captar el sentido
de lo que dijo Jesús
sobre los lirios del campo.


Ella

Estaba de lo terrible
paradita en la frontera:
yo te lo juro por mi alma,
nunca vi cosa tan bella
(es cuestión sin importancia
que otros ni la percibieran).
Por caridad del buen Dios
no me faltaron las fuerzas
para acercarme y hablarle,
colorado de vergüenza.
Tratando de ser galante
se me anudaba la lengua.
En cambio, qué bien que hablaba,
silenciosa, su belleza.
Supongo que por piedad
para con mi gran torpeza
no me despidió esa vez
prohibiéndome la vuelta.
Ya luego pude pararme
sin miedo ante su presencia.
O mejor, con menos miedo,
que todavía me aterra,
porque podría destruirme
nomás con que lo quisiera.
Ella está de lo terrible
paradita en la frontera.


Jardín

        a mi esposa

Te regalo un jardín
a mitad de camino
entre tu alma y la mía.
Te regalo un jardín sin invierno o mejor
uno en cuyo centro
-donde confluyen todos los caminos-
hay un invernadero
para ver cómo cae
silenciosa la nieve
mientras tomamos té.
Te regalo un jardín
donde toda espina
está justificada por su rosa
(no como en este páramo
donde a veces lastiman las espinas del aire).
Te regalo un jardín
-un jardincito-
en retribución
de los muchos jardines
que ya me has regalado.


Luz

Has buscado no se qué
por sórdidas calles prostibularias.
Era la luz. La luz, no la luz roja
de los zaguanes de las casas
que alquilan piel y caricias
a los menesterosos carnales y/o afectivos.
Buscabas la luz entre el barro
(buscabas el barro,
pero una parte tuya, sin saber,
andaba
buscando
la luz).
Y por gracia de Dios
una parte tuya
pudo hallar un vestigio de luz
donde la luz jamás había estado
-o por lo menos no que se supiese.


Montevideo


I

El gris hostil del Otoño,
la púas de la llovizna,
me duelen más en Montevideo
de lo que podrían dolerme
en cualquier parte menos el Infierno.


II

Amo el otoño de lloviznas grises
más en Montevideo que en cualquier lugar,
excepto el Paraíso.


Matinal

Playa por la mañana.
Las cañas y sus hombres
han bajado a pescar
la porción de paciencia
que les conceda el mar.


Veraniega

Viene la lluvia,
moja a las muchachas
y el alma redescubre
la hermosura del mundo
(que al poco rato está
cociéndose al vapor).


Ranas y grillos

Florecieron las ranas tras la lluvia.
Los grillos esmeraban sus violines,
tal vez para suplir a las estrellas,
que en vano picoteaban la espalda de las nubes.

Un borracho empapado transitaba la noche
y rumiaba la pena de dudosos amores
berreando sucesivas canciones inconclusas.

Dormía la mejor a mi costado
-no sé qué de plegaria profunda en el semblante-
y entre tales milagros fui de a poco durmiéndome.


Tres poemas con Dios

I

Para mejor vivir
saber la muerte.
Respeto, no temor, que el miedo mata:
algo así como lo
que cuando niño te enseñaban sobre
tu trato con la mar
los viejos, en la playa.
No te estoy sugiriendo
que le pidas noviazgo a la huesuda
-"fuera locura"
que no la haría yo ni hoy ni mañana,
que la hice apenasmente
en mi trasanteayer adolescente-
pero sí que sepas
que es el suyo el amor
más consecuente y fiel
que te habrá de tocar en la vida
-después del de Dios,
claro.


II

Creer:
andar por Dios acompañado
y en esa compañía
hallar o construirse
gozo, consuelo, abrigo.
Y pues tan ciertamente
uno vive sintiendo eso que siente,
¿qué más pruebas pedir y para qué?


III

Voy al trabajo a pie, de mañanita
-mis médicos me han dado el ultimátum:
o adelgazo o me viene adelantada
esa gran delgadez definitiva-.
Voy caminando
y veo cómo cambian los colores del cielo,
cómo reestrenan
los pájaros el vuelo y el cantar,
cuánto son de hermosísimas las caras
de las muchachas soñolientas, tanto,
que uno se alegra mucho por la dicha
de quien al lado de ellas
hubiese amanecido.
Me crece,
de piel a corazón
y de pecho a garganta,
una alegría que
yo sé bien que es naif, inocentona,
ingenuota y ridícula
pero tiene el valor insuperable
de la mejor verdad.
¡Que bien que hiciste, Dios, las cosas estas!
Y entro al laburo con
cien mil dientes de luz en la sonrisa.


Un sitio en el espacio
                           
          a mi esposa

Parece estar bastante
probado que dos cuerpos
no pueden a la vez
ocupar un mismo
lugar en el espacio.
Pero mi amada y yo tan casi casi
que sólo Dios alcanza a darse cuenta
de que no somos uno.


Milagro

Si el que llega al lugar
tres o cuatro minutos después de ocurrido el milagro
es persona sensata
verá los rostros extasiados
como síntoma de un pernicioso
delirio místico.

Si es inteligente
sufrirá muchísimo
-y tal vez para el resto de su vida-
por lo que se perdió.

Si es humilde
se llenará de gozo por la parte
que le hubo tocado vivir del suceso.
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