domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (28) - ESTHER MEYNEL


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Para Friedemann escribió muchas de las “Inventions” a dos y tres voces, que amplió un año después y reunió en un tomo al que tituló:

“Guía sincera que enseñará a los amantes del clavicordio y particularmente a los que deseen consagrarse a la enseñanza, un método claro, para llegar a tocar límpidamente dos voces y, después de haber progresado, ejecutar correctamente tres partes obligadas; al mismo tiempo, esta guía les proveerá no solamente de buenas “invenciones”, sino de la manera de ejecutarlas bien, y sobre todo, las ejecutará en las cantables y les aficionará a la composición”.

Por consiguiente, no causará extrañeza el que, debido a los trabajos y molestias que Sebastián se tomó por ellos, sus dos hijos mayores llegasen a ser músicos tan notables: Friedemann, el organista que, en su tiempo, solamente era inferior a su padre, y Manuel, el más grande de los cimbalistas de su época y compositor de talento.

Cuando nos casamos, en 1721, Friedemann tenía once años, Manuel siete, el pequeño Juan Godofredo seis y la querida Catalina, la mayor, dos años más que Friedemann. Así, tuve desde el principio una pequeña familia a la que había que cuidar maternalmente; y sin duda, siguiendo el ejemplo de su padre, los pequeños me quisieron pronto de todo corazón y me confiaban sus penas y alegrías, aunque Friedamann, el mayor, que se creía un poco el compañero responsable de su padre, se mostró algo reservado. Pero éramos muy felices todos juntos, y especialmente cuando convencíamos a Sebastián de que, después de cumplir sus deberes en la Corte y con sus alumnos, abandonase sus composiciones y nos acompañase a hacer una excursión fuera de las murallas de la ciudad. Entonces, metíamos en una cesta algo de comer y nos íbamos a sentar a la sombra, en un lugar de las afueras. Sebastián y los chicos corrían y saltaban jugando como locos, y todos nos reíamos más que de costumbre, pero comíamos con tal apetito que, más tarde, no emprendía una de esas excursiones sin haber amasado antes abundantemente. Yo me sentía tan joven como cualquiera de los chicos y, según parece, perdía la seriedad propia de una mujer casada: porque, cuando Sebastián estaba alegre, tenía muchas ocurrencias y decía tantos chistes y bromas, que nos contagiaba a todos. Luego, cuando los niños empezaban a cansarse y el pequeño Juan se subía a mi regazo, Sebastián nos contaba cuentos y leyendas que había aprendido en su niñez, en Eisenach o, lo que a mí me gustaba más, verdaderos sucesos de quienes, como él, habían vivido en Eisenach, de la vida de Santa Isabel y del gran Martín Lutero. Después, a la luz del crepúsculo, nos encaminábamos hacia casa y, tras de acostar yo a los niños, me sentaba, también cansada, pero con una gran calma espiritual, junto a Sebastián, con mi mano en la suya y la cabeza apoyada en su hombro. Fueron días de gran felicidad los que Dios nos regaló en Cöthen.

Pronto conocí una felicidad mayor. Me fue concedido el regalo de un hijo; esperaba a mi primogénito, y esta es una época que ninguna mujer puede olvidar. Cuando pañales y mantillas se calentaban ya en el hogar, la anciana comadronas volvió a conducir a Sebastián a mi cuarto. Parecía un poco asustado, pero me dijo con voz alegre: -Mi buena y querida Magdalena, todas las mujeres de los Bach fueron madres alegres de niños felices; -mas, de pronto, con una voz completamente cambiada, murmuró, pasándome el brazo por la espalda-. ¡Pobre corderita mía, cómo siento que tengas que sufrir así!-. Esas palabras y el tono cariñoso de su voz, me consolaron hasta que nuestro primogénito acabó de nacer felizmente.
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