domingo

LA CONVERSACIÓN CONSIGO MISMO DEL MARQUÉS CARACCIOLI (18)


(Fragmentos del capítulo VIII de Artigas católico, segunda edición ampliada con prólogo de Arturo Ardao, Universidad Católica, 2004)

por Pedro Gaudiano

APÉNDICE 9

La conversación consigo mismo, por el marqués Caraccioli *

“Si todos estos héroes que en otros tiempos consiguieron victorias asombrosas, no dieron el debido honor a su alma, y no la estimaron como su consejo y escudo, fueron verdaderamente ingratos. Sin duda sus primeros hacimientos de gracia debieron tributarse al Ser supremo, pero siendo el alma órgano y viva imagen suya, mereció parte de su reconocimiento.

Todos los bienes que podemos recibir por cualquiera otro conducto que el del espíritu, no merecen el nombre de bienes; sólo la sabiduría, la prudencia, la sinceridad, y finalmente las virtudes deben hallar cabida en nuestro corazón: y si se aman los amigos sólo es en razón de las cualidades de su alma. Son muy vanas una brillante figura, y una fortuna soberbia para determinar la elección de un amigo: la hermosura se aja, las riquezas se disipan, y en tal caso sólo queda la vergüenza de haber puesto su afecto en una arena movediza” (pp. 126-127).

“¡Cuántos amigos hay a quienes vivamente nos adherimos, que sólo serían dignos del mayor desprecio, si fueran transparentes sus corazones! Reina en el mundo una hipocresía universal: casi los más hacen cuanto pueden para que diga la lengua lo que no siente el corazón: de modo que no se puede distinguir el hombre sincero del impostor. ¿Se permitirá por ventura el alma a estos pesares y sospechas? No podemos ignorar lo que ella piensa: todos conocemos sus más íntimas relaciones, y sus inclinaciones más secretas.

¿Pues por qué el mayor número de los hombres no ama a su alma? Porque no estiman los talentos, ni las virtudes. Ellos se arrojan fuera de sí, y aprecian viles objetos que tienen el secreto de desalumbrar sus ojos. Un hombre rico oculta su mal corazón bajo de un brillante montón de galones dorados, tapicerías, espejos y otras alhajas; sus defectos se confunden en la profundidad de una magnífica galería; ya no se ve en él sino el soberbio equipaje que la arrastra, los lacayos que le acompañan, y el grande pero engañoso obsequio que goza; el pobre al contrario, se deja ver sobre la tierra al parecer desnudo de todas las virtudes: la soledad que va con él, y el aire lúgubre que le rodea, encubre todo su mérito, y así es despreciado y desatendido cuando el rico parece una deidad a quien se aplaude y se inciensa” (pp. 129-130)

“No temamos a los que pueden ofender a los cuerpos, pero sí a los que puedan hacer daño a la alma: la Sabiduría eterna cuando menos lo ha dicho con estas admirables palabras: ¿de qué nos servirá haber ganado el universo, si perdemos el alma? (Mateo 16,26)” (p. 132).

“¿Cómo conciliaremos ahora el desorden interior en que vivimos casi siempre con el violento deseo de ver y conservar fuera de nosotros una justa armonía? ¿Cada hombre, sin embargo, no es un verdadero compendio del universo? No encierra dentro de sí montes que es preciso allanar, desigualdades que se han de componer, y límites que se deben fijar? Suceden en el orden moral las mismas revoluciones que en el orden físico: en una parte hay oscuridades formadas por las pasiones que denotan los eclipses; en otra sublevaciones de una voluntad rebelde que se parecen a los terremotos; ya nuestra imaginación se enciende y apaga como un volcán, y ya nuestros deseos, al modo de vientos impetuosos se desenfrenan con furor. Se pueden comparar nuestras prontitudes a verdaderos relámpagos; se forma una especie de vegetación en los espíritus. La vejez es su invierno, la juventud su primavera, y parecen se hacen estériles después de haber dado frutos. Hállanse unas minas de excelente oro, y metales muy comunes en otros. El hombre ardiente parece que habita en la zona tórrida, y el flemático en la zona helada. El sabio goza del sol en todo su mediodía, el ignorante sólo lo ve al ponerse” (pp. 134-135).
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