domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (21)


III (7)

Afuera continuaban formados los grupos y las conversaciones en baja voz. Alguien dirigió la palabra al tropero, pero él continuó como si nada hubiese oído. Se fue como una sombra, sin decir palabra. Secundina llamó a Clorinda. No demoró esta en salir y una pareja aprovechó el lugar que ella dejaba, con la premura de quienes desean aprovechar bien el tiempo.

Eran varias las carpas. Las vendedora de quitanda, charlatanas de oficio, animaban a la concurrencia.

Entraban, salían… Se dejaban llevar por la cintura o simplemente esperaban atentas boca arriba al hombre que les tocaba en suerte.

Saciaron sus apetitos, calcularon sus ganancias, entre un desorden de cojinillos, arpilleras, sacos y paquetes de tabaco y rapadura. El aire fuertemente impregnado de olor a tabaco las había trastornado. Los silencios que por momentos se hacían afuera, les infundieron miedo. Era la soledad agigantándose.

Por la tiniebla de la carpa pasaba el de los cabellos largos y lacios; el de fuerte musculatura y el de magras carnes; el de violento olor a cueros; el de boca carnosa y bigotuda; el desdentado; el de barba y el lampiño; el de largo facón o el de pesado revólver; todos diferenciados, ya sea por la indumentaria o por algún atributo natural sobresaliente, pero idénticos en el fondo: bestias sedientas de placer. Así fue pasando el pesado desfile de varones, cruel y sensual. Jauría que don Pedro había preparado para lanzarse sobre ellas.

Pasó por la oscuridad aquel paisanaje mentiroso; pasó frenético, sediento y áspero, dejando en las manos de las hembras o bajo los jergones de las camas improvisadas, papeles inútiles. Pasó caliente y pesado por los brazos sumisos de las mujeres; bajo la parda joroba de las carpas.
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