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EL DESTINO AMERICANO DE RAMÓN J. SENDER - FERNANDO AINSA


Tal vez fuera una predestinación de lo que sería su propia vida o una vocación innata de apertura a otras culturas, pero el primer libro de Ramón José Sender es un ensayo sobre un tema americano: El problema religioso en México (1928)una minuciosa y documentada investigación de 230 páginas sobre el proceso la secularización que siguió a la revolución mejicana de 1910. Esta obra, aunque objetiva, fue escrita, con toda seguridad, en la perspectiva de lo que anhelaba para España: la separación de la Iglesia y el Estado. Primera obra de Sender y primera publicación de la editorial Cenit, —fundada por Rafael Giménez Siles, Juan Andrade y Graco Marsá— que jugaría poco después un destacado papel en los intensos años de la II República.
Cuando se publica El problema religioso en México, Sender tiene apenas veintisiete años y su análisis historiográfico aparece precedido de un prólogo consagratorio que firma Ramón del Valle–Inclán, donde asegura que el joven autor es un “periodista especializado en política hispanoamericana”. Si en 1928, parece excesivo el calificativo de “especialista”, en años sucesivos  —sobre todo en 1930— Sender aborda variados temas americanos en artículos, crónicas y comentarios publicados en El Sol [1], La Libertad Solidaridad Obrera.
Ese mismo año, la editorial valenciana Cuadernos de Cultura proyecta una serie de títulos sobre América con el fin de reparar la presunta ignorancia de los españoles sobre el Nuevo Mundo. América antes de Colón (1930) de Sender es el primer y único título de la colección “Historia y Cultura”. En 65 apretadas páginas, el joven ensayista sintetiza una visión de América “antes de Colón”, situándose en “la otra orilla”, la de “los vencidos”, y lo hace con una visión ajena a la hispanidad grandilocuente en boga o de una “Madre Patria” misionera expandiendo la cristiandad entre los “indios”. A estos, por el contrario, les adjudica un “instinto social muy desarrollado”, una natural predisposición igualitaria y democrática y la condición de inspirados artistas. En esas páginas y en forma premonitoria Sender augura un fértil destino a una América mestiza.
Un “integrador inquisitivo” de la cultura
Todo un programa para una vida de la que ignoraba que América sería su destino, cuando el exilio se impuso a finales de la guerra civil y donde pasaría más de la mitad de su vida. A ese México de sus desvelos juveniles llega en 1939 y rápidamente se integra a su cultura, a diferencia de otros “transterrados”, que se aferran a la nostalgia, a los que José Ramón Arana llamó los “asesinados por el recuerdo de España”.
Apenas instalado en la capital azteca,  Sender funda una editorial, Quetzal, con el nombre del pájaro emblemático  de la mitología maya, donde publica en la colección «Un hombre y una época» su obra teatral Hernán Cortés (1940), “retablo en dos partes y once cuadros” y Mexicayotl (1940), leyendas  populares de tema indígena y mitológico: «Tototl o el Valle», «El Puma», «Xocoyotl o el Desierto», «El Águila», «Nanyotl o la Montaña», «Los Peces», «Ecatl o el Lago», «El Zopilote», «Navalatl o el Volcán». De estos relatos se diría que ningún mexicano ha hecho lo que hizo Sender: darle  a esa páginas una poderosa fuerza telúrica y vital donde, con una radical visión antropológica, combina lo religioso esotérico americano con un realismo admirativo del primitivismo y la cultura espontánea, desterrando, paradójicamente, la razón en su afán de comprender sus manifestaciones y las fuerzas, a veces oscuras, que las gobiernan. Sender —anota con admiración Francisco Carrasquer— “ha remontado  cinco siglos el río del tiempo y nos habla como un trujamán precolombino” inmerso en los misterios aztecas , toltecas y mayas. Lo hace a modo del “homenaje de un nórdico” español, sensibilizado como por añoranzas atávicas de unas culturas en que todavía no se había separado lo sagrado de la violencia ritual ni la vida del misterio prepanteista [2]. El compañero de exilio de Sender, Manuel Andújar, destacaría ese curioso, peculiar y solitario acercamiento —“óptico, visceral y mental de consuno”— a la mitología prehispánica.
Con estas obras que veinte años más tarde literalmente fagocita en Novelas ejemplares de Cibola (1961) en las que retoma y amplía Mexicayótl y Jubileo en el zócalo (1964), donde reelabora Hernán Cortés, Sender se transforma en el escritor “bicontinental” e “integrador inquisitivo”, con que lo califica el citado Francisco Carrasquer en La integral de dos mundos (1994). Catorce obras de su vasta producción giran alrededor de América —tanto la hispánica como la sajona— novelas, cuentos y obras de teatro. Porque, cuando en 1942 se instala —inicialmente gracias a una beca Guggenheim— en Estados Unidos, lo hace en Santa Fe y luego a Alburquerque, en Nuevo México, del otro lado de la frontera, en un territorio cultural y étnicamente mejicano, con un paisaje y costumbres que prolongan las del país del que fuera desgajado. Como profesor universitario desarrolla proyectos de investigación hispano-interamericana y gracias a su permanencia en Acoma recopila los materiales para una novela poco recordada, Los tontos del Concepción (1963), de temática colonial.
La capacidad “osmótica” de Sender para integrarse rápidamente en las diversas realidades donde vive y que aborda literariamente no parece corresponder al carácter bronco y el aire adusto con que se lo caracteriza, lo que no deja de sorprender a críticos y lectores. Sin embargo, si se examina su abundante bibliografía se descubre como desde Imán (1930) y Madrid–Moscú (1934), Sender ha demostrado un extraordinario don de observación y asimilación que solo los grandes “reporteros”, periodistas dotados de perspicacia y sensibilidad, aunadas con una apertura de miras, son capaces de reflejar en sus páginas.
Como joven soldado movilizado en Marruecos, tomando notas en el centro de la brutalidad de la guerra y la miseria cotidiana de seres tan desconcertados como envilecidos, aunque capaces de gestos generosos y altruistas, Sender demuestra en Imán, al ritmo de un estilo cortante y descarnado, que ha comprendido la sinrazón de su misión y que tras el rostro del enemigo declarado, el moro, existe un ser con el que comparte una misma condición humana. El moro no es un salvaje, ya que el único y “peor salvajismo es matarse” que comparten unos y otros. En el reconocimiento de la alteridad, incluso en el paralelismo de las religiones cristiana y musulmana que sugiere (“Estar igual. Tú a Jesucristo, yo a Mohamed —le dice un rifeño— Dios es el mismo, el tuyo y el mío”), Sender adelanta en Imán la que será su actitud en México: una aproximación entrañable, aunque realista y para nada sentimental, al país en que se ha “transterrado”, utilizando el feliz neologismo de José Gaos.
“Yo no me siento extranjero, aunque a veces blasfemo contra México y otras lo adoro hasta un extremo para el cual no hay palabras adecuadas”, afirma en una ocasión, aunque sus testimonios son múltiples, algunos a través de sus propios personajes. “Si en España destruyeron, según dicen, mi identidad, he hallado otra ciudadanía y naturaleza civil. Ser mexicano o argentino o venezolano o ecuatoriano es ser español dos veces. Por serlo y por la renuncia altruística y el trasplante”, escribe en Los cinco libros de Ariadna, aunque en Nocturno de los 14 (1969) rememora, entre la ficción y el ensayo y a través de una imaginaria reunión con catorce amigos muertos, las dificultades de aclimatación a la vida en México, con la perspectiva que le daba el prolongado ostracismo. El exiliado es un ser con la “personalidad escindida” reitera en Crónica del alba, aunque —que pese a las dificultades de integración— debe aprender a vivir una nueva vida.
Sin embargo, su actitud y predisposición es la de ser un “empatriado”. En una “Nota preliminar del autor” a la edición norteamericana de Jubileo en el zócalo (1964) explica: “He escrito estas páginas libre de prejuicios especialmente del prejuicio español o mexicano que no sería del caso y que no harían sino dificultar la objetividad. Confieso que sería difícil determinar si admiro más a Cortés o a los héroes que defendían su patria contra el invasor”. Para que no queden dudas concluye: “Yo quiero a México, adoro su naturaleza, sus artes y sus ciencias, tengo entre sus hijos excelentes amigos y siento por él una gratitud y cariño que no podrían ser mayores si hubiera nacido allí”.
Ese “como si hubiera nacido allí” lo refleja en Relatos fronterizos (1970), en Ensayos del otro mundo (1970), donde destaca la interesante aproximación a las culturas de México, de los mayas y los incas; en El alarido de Yaurí (1977) y en La cisterna de Chichén-Itzá (1981), obras en las que Sender denuncia las “falsas verdades “ de la conquista.
La locura en el meollo de la razón
“Falsas verdades” que tienen en La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), titulada sintomáticamente “antiepopeya”, su mejor expresión. Esta novela forma hoy parte de la literatura hispanoamericana. Seducido como los venezolanos Arturo Uslar Pietri y Miguel Otero Silva o el argentino Abel Posse, por la vida del contradictorio y ambicioso capitán vizcaíno Lope de Aguirre (1518-1561) que desafió al rey de España proclamándose “Príncipe del Perú” en pleno corazón de la selva amazónica, Sender narró la vida del hidalgo más allá del cúmulo de traiciones, motines, asesinatos y confabulaciones que la jalonaron.
El autor de “la aventura equinoccial” la trascendió, para ir a la esencia misma del despropósito y la ambición que están en la raíz de la conducta humana. Por ello, hizo decir a su personaje: “Bien, estoy loco, pero vuestras mercedes van a sentir mi locura es el meollo de la razón. El loco Aguirre va a arreglar la vida a los cuerdos. El delirante Aguirre va a arreglar la visión, la conciencia y la vida de los razonables”. Ese hacer sentir la locura en “el meollo de la razón”, ese arreglo de cuentas con “la conciencia y la vida de los razonables” que propuso Sender como paradigma de la epopeya de Lope de Aguirre, tuvo sus seguidores hispanoamericanos embarcados en la novela histórica.
Como caracteriza el género Georg Lucáks en La novela histórica (1966), Sender pretende comprender mejor el presente a través de la realidad del pasado, aunque lo hace sin incurrir en anacronismos o dando lecciones, como hacen otros autores. Arturo Uslar Pietri en El camino de El Dorado (1948) proyecta un héroe devorado por la naturaleza; Miguel Otero Silva en Lope de Aguirre, príncipe de la libertad (1979) lo transforma en precursor —¡nada menos!— de Simón Bolívar. Basándose en el hecho cierto de que Bolívar difundió la carta que “el loco” Aguirre había mandado a Felipe II proclamándose rebelde, Otero Silva lo proyecta como una figura profética que anuncia el destino de los libertadores independentistas americanos. El argentino Abel Posse iría aún más lejos. Lope de Aguirre es un héroe que se va metamorfoseando a lo largo de cuatro siglos de historia americana. Como el Orlando de Virginia Woolf, el protagonista de Daimón (1981) se reencarna en el tiempo. La misiva del “loco” dirigida al rey de España se reescribe una y otra vez y tiene diferentes autores y destinatarios. El último autor es el Che Guevara. Una asamblea de los locos derrotados por la historia, en cuyo origen está Lope de Aguirre, cierra la novela y un ciclo de novelas en las que “la aventura equinoccial” narrada por Sender inició el promisorio camino.
Sender prefiere bucear en la dimensión psicológica del personaje, donde se entrelaza la desmesura de su desafío épico a la corona española, con el ejercicio psicopático de una crueldad tan sanguinaria como gratuita. Entre curioso y admirado por el personaje al que le otorga voz propia a través de monólogos intercalados en una narración en tercera persona, Sender sucumbe —como lo hiciera anteriormente en Epitalamio del prieto Trinidad (1942)— a la grandeza bárbara, a los “monstruos apocalípticos”, a un mundo onírico, mágico que deriva hacia el caos, al proceso que transforma revoluciones en dictaduras. En resumen a la fuerza del mito y la historia, pero también a la de una naturaleza selvática invasora. Descripciones de flora y fauna, referencias a libros de viaje y Crónicas de Indias, se intercalan con clara vocación antropológica en un relato que, en la medida en que se van multiplicando crímenes y asesinatos, adquiere una dimensión de hipérbole esperpéntica en la más pura tradición de la literatura hispanoamericana contemporánea.
Consumirse en un laberinto de pasiones sin sentido
¿Sería, pues, Ramón J.Sender, en definitiva, un autor americano como José Gaos terminó siendo un filósofo integrado a la historia de las ideas y del pensamiento del Nuevo Mundo? No es el caso y aunque su obra está marcada por América presente en novelas, cuentos y ensayos, su proyección tiene otra posible dimensión americana: la del impacto de su obra española entre los lectores de allende el océano.
Me permito, para terminar este ensayo sobre “El destino americano de Ramón J.Sender”, transmitir mi testimonio personal sobre ese impacto.
Sender fue para los jóvenes que crecimos en el Río de la Plata en los años cincuenta el novelista más representativo del exilio español y una obligada referencia de nuestras lecturas en la adolescencia. Si Max Aub y Arturo Barea completaban la “trinidad” literaria cuando se hablaba de prosa, Sender nos parecía encarnar mejor la “España peregrina” que vivíamos en nuestros hogares los “niños de la guerra civil”. Por lo pronto, porque los temas de sus obras más difundidas en América— Siete domingos rojos (1932), Réquiem para un campesino español (1960) — parecían estar más a tono con el mundo en blanco y negro y sin matices que habíamos heredado de nuestros padres y estar en sintonía con la incipiente atmósfera revolucionaria que se respiraba en el continente: Bolivia en 1952, Guatemala en 1954, Cuba en 1959.Quienes vivieron en México tuvieron la oportunidad de leer y conocer a Ramón J.Sender mejor que quienes, por los azares del destino, se habían exiliado en el Río de la Plata. En mi caso, en Montevideo, Uruguay, un país que acogió en forma generosa y sin ambivalencias a los “expatriados” españoles, se leían sin dificultad las novelas españolas de Sender editadas en la Argentina, mientras se desconocían las publicadas en México y luego en Nueva York con temática americana. Réquiem por un campesino español, publicada en Buenos Aires en 1961 por la Editorial Proyección, fundada por anarquistas españoles, circulaba entre los estudiantes de mi generación como un auténtico catecismo. Las ediciones del Réquiem se sucedieron a buen ritmo. En 1970 ya se habían publicado cuatro. Luego vendrían las dictaduras y desaparecería de los anaqueles de las librerías para venderse sólo bajo cuerda.
Siete domingos rojos, reeditada por la misma Proyección en una colección donde figuraba el clásico Cataluña 1937de George Orwell, inspiraba solidarios sentimientos en años donde “otros domingos rojos” se vivían en el Río de la Plata. La esfera (1947) circulaba en una edición de Siglo Veinte y algunos tenaces lectores habían podido obtener ejemplares del primer volumen de la Crónica del alba (1942) y el más difícil Los cinco libros de Ariadna (1957). Imán circulaba entre iniciados como ejemplo de lo que en los años sesenta llamamos el “nuevo periodismo” y la “literatura testimonial”, eficaz combinación de ficción y crónica.
En Montevideo, Benito Milla, exiliado valenciano de filiación libertaria, fundó en 1960 la editorial Alfa, una editorial en la que trabajé yo mismo hasta 1972. Uno de los primeros títulos de su catálogo fue La llave de Sender. Aunque Sender se carteaba con Milla y se lo citaba en Deslinde y en Temas, dos revistas literarias que el mismo Milla fundó en Montevideo, no me pareció nunca que el autor de La llave se hubiera interesado particularmente por el Uruguay. Sin embargo, un día del verano de 1981, leyendo en mi casa de Oliete (Teruel) la recién publicada edición de Monte Odina (1980) en la colección Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses, descubrí en el capítulo X como, tras la observación de que “el planeta es cada día más pequeño y lo que sucede en un rincón como Siria o Uganda repercute en todo el mundo”, Sender decidía “esta vez el rincón es el Uruguay”. Seguían cinco páginas de candente actualidad sobre la guerrilla de los Tupamaros y el libro de memorias de Sir Geoffrey Jackson, diplomático inglés que había estado secuestrado seis meses por ese movimiento en un lóbrego sótano de Montevideo.
Sender vinculaba el nombre de los “tupamaros” uruguayos con la rebelión de Tupac-Amaru en el siglo XVIII y recuerda como él mismo había consagrado su novela histórica Tupac Amaru (1973) al famoso alzamiento contra el virreinato español en el Perú. Mientras ensalzaba aquel precedente histórico, hacía perspicaces observaciones sobre “la gloria dudosa de los inventores de las guerrillas urbanas en Sudamérica.” Jóvenes “más ingeniosos que crueles” y “más aventureros que pugnaces”, los tupamaros le parecen —como al propio Jackson— un grupo de “jóvenes díscolos, saludables e inteligentes (buen material humano) consumiéndose en un laberinto de pasiones sin verdadero sentido”.
“Consumirse en un laberinto de pasiones sin verdadero sentido”, parece una feliz metáfora de renovada actualidad y una invitación a releer su obra. Leer a Sender, con la excusa de la conmemoración alrededor de Imán que nos reúne en estas páginas, también debería serlo en el Río de la Plata, donde parece haber sido olvidado. Leer o releer aquel Sender que nos hacía vibrar con el destino de España y de América en años que fueron decisivos para todos nosotros, los americanos de origen español, los españoles de inserción americana.
Oliete, agosto 2010
[1] A título de ejemplo citemos algunos de los publicados en el prestigioso periódico El Sol :«Reseña. Libros americanos: José Elguero, España en los destinos de Méjico (1-3-1930); «Reseña. Libros de América: Emilio Frugoni, La sensibilidad americana» (14-3-1930); «Reseña. Antropología peruana: Heinrich Cunow, El sistema de parentesco peruano y las comunidades gentilicias de los incas. Las comunidades de aldea y de marca en el Perú antiguo, (29-3-1930); «Viajeros ilustres. Hablando con el ex Presidente de la Argentina Sr. Alvear», (12-4-1930); «Los 33 orientales. Un ejemplo de entusiasmo cívico». (15-5-1930); «Reseña. Historia de América: S. Medardo Chávez, Los adelantados del Río de la Plata». (24-6-1930).
[2] Francisco Carrasquer, La integral de dos mundos: Sender, Zaragoza, Prensas Universitarias Zaragozas, 1994, p.41
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