domingo

RETORNOS DE TORRES-GARCÍA - ANTONIO MUÑOZ MOLINA


Quien le enseñó a Joaquín Torres-García a hacer pajaritas de papel —en Barcelona, hacia 1900— fue Miguel de Unamuno. Torres-García está siempre entre la filosofía y la papiroflexia, entre la carpintería y el misticismo, entre los signos primarios dibujados en cuevas prehistóricas y en callejones de París y las avanzadas más valerosas del arte moderno. Contaba en sus memorias que de niño, en la periferia de Montevideo, ya era pintor antes de enterarse de que existiera la pintura. En los desvanes del almacén de todo tipo de mercaderías de su padre dibujaba las cosas que veía en sus paseos por el puerto de Montevideo, las anclas de los barcos, el reloj del faro, las chimeneas pintadas de blanco y de rojo de las que subían nubes de vapor, el sol en las banderas de Uruguay. Torres-García se dejaba fascinar por la misteriosa variedad de los objetos que estaban a la venta en la tienda de su padre, y también por los olores y las formas puras de los bloques de madera que veía en el taller de carpintería de su abuelo materno.

Viajando en un buque de vapor de Montevideo a Barcelona a los 16 o 17 años, Torres-García completaba un camino de aprendizaje que no era el de los estudios académicos, sino el de la historia entera de las representaciones visuales. En Montevideo no había visto cuadros, ni revistas, ni casi nada que fuera contemporáneo, a excepción de los barcos y las grúas del puerto. En Barcelona, en Mataró, lo trastornó el espectáculo de la ciudad moderna y de la agitación industrial y artesana. En los talleres de Mataró donde se cardaba la lana le impresionaron grandes balanzas que no dejaron nunca de aparecer como jeroglíficos, como una taquigrafía del recuerdo, en sus pinturas y dibujos de la madurez. Tenía una memoria visual infalible. Esas parrillas o trébedes que también están en sus cuadros son las que servían para asar la carne en las cocinas de su infancia.

Torres-García llegó a Barcelona y descubrió de golpe una cultura y una ciudad muy tupidas que eran el reverso de los grandes espacios en blanco de su vida en Uruguay. Todo lo aprendía desor­denadamente y de golpe. Descubría la pintura, aunque fuera la aparatosa pintura histórica de la época; descubría la literatura y la filosofía, y sobre todo la música, las sinfonías de Beethoven que se tocaban por primera vez en Barcelona, la música de piano en las casas burguesas donde iba a dar clase de dibujo a los niños, la obertura de Tannhäuser, que estremeció tanto su oído ávido que tuvo la sensación de que por primera vez estaba escuchando de verdad la música.

Torres-García, autodidacta y zurdo, devoto de los misticismos simbolistas de la época y de la carpintería, absorbió en Barcelona todo lo mejor que se podía aprender allí y se marchó pronto en busca de nuevos horizontes, contagiado del desasosiego viajero que había llevado a su padre a emigrar a América y a volver sin mucha fortuna a su tierra natal. Pero Torres-García no es el artista solitario y raro y egocéntrico hasta el capricho canonizado por las vanguardias: es un marido afectuoso y un padre muy dedicado a los hijos que le iban naciendo en sus destinos sucesivos. Para ganarse la vida y sostener a su familia aceptaba todo tipo de encargos. Para entretener sin mucho gasto a sus hijos y explorar posibilidades de negocio se dedicó durante unos años a fabricar juguetes, inspirado también por las ideas pedagógicas ilustradas en las que basaba la enseñanza para sus alumnos. Los juguetes de Torres-García tienen las formas simples y angulosas de las pajaritas que le había enseñado a hacer Unamuno, y tienen también la materialidad de la carpintería del taller de su abuelo. No eran juguetes de porcelana o cartón para niños burgueses que debieran tratarlos respetuosamente y depositarlos sobre anaqueles. Eran juguetes sólidos para que soportaran los golpes y las sacudidas de las manos infantiles, juguetes que se desarmaban sin romperse y que podían organizarse de nuevo. Sus bloques puros de materia y color todavía lo llenan a uno de júbilo cuando los mira tras una vitrina. Le despiertan el deseo de adelantar la mano y disfrutarlos con el tacto y con el olfato tan plenamente como de la mirada.

En Torres-García, me dice con razón Guillermo de Osma, no hay diferencia entre el gran empeño y el boceto, entre el cuadro muy elaborado, el apunte a lápiz o a tinta, el bloque de madera pintada. Es uno de esos raros artistas que están íntegramente en cualquier cosa que hacen, como está el código genético completo en cada célula, en una gota de sangre o saliva. Torres-García es como Paul Klee, o Giorgio Morandi, o Buñuel, o Thelonious Monk, o Juan Carlos Onetti: un artista de una contundencia definitiva y al mismo tiempo sigilosa, original y completo en todo lo que hace, hasta lo más mínimo, y al mismo tiempo huidizo, como tanteando siempre, como a punto de irse o de desvanecerse.

Torres-García tuvo una vida errante y un éxito incierto, quizás en parte porque hasta la última época no se asentó en ningún sitio. Volvió con 60 años a la Montevideo de donde se había marchado cuando era un adolescente. Igual que las obras de otros huidizos y esquinados como él, la de Torres-García perdura y se agranda con el paso de los años. En Nueva York, el otoño pasado, el MOMA le dedicó una de sus grandes exposiciones canonizadoras, la misma que ha estado durante unos meses en Madrid en las salas de la Fundación Telefónica. Yo las he visto las dos, con la alegría de ver que por fin se hace plena justicia a un artista que no puso en la promoción de sí mismo la desorbitada energía de los grandes egocéntricos del siglo. Pero donde me he encontrado de verdad con él no ha sido en esas amplitudes, con su proliferación de obras y sus catálogos enormes. Donde he visto a Torres-García en un espacio que se corresponde con quien él era y con su manera de entender el arte ha sido en una exposición mucho más recogida, en una zona tranquila y arbolada de Madrid, en una mañana por fin respirable de septiembre. En dos salas de la galería Guillermo de Osma hay una selección muy bien hecha y muy reveladora de casi todos los periodos y todas las facetas del arte de Joaquín Torres-García. En un espacio así, el tamaño siempre modesto de las obras y la falta de énfasis del estilo cobra toda su presencia verdadera. Hay unos cuantos óleos muy representativos y muy bien trabajados, pero a mí lo que más me gusta ver, casi tocar, son los bocetos a tinta, los dibujos hechos sobre un papel cualquiera, los juguetes con su simplicidad de dibujos animados cubistas, las tablas hendidas con un buril como muros de yeso de jeroglíficos egipcios. Torres-García es un artista en voz baja. Requiere la cercanía física igual que un solo de Thelonious Monk o Lester Young, o una frase de Onetti.

Torres-García y el objeto, arte y diseño. Galería Guillermo de Osma. Madrid. Hasta el 11 de noviembre.

(El País / 2-10-2016)
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