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LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (8) - ESTHER MEYNEL


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DE LA JUVENTUD DE SEBASTIÁN EN EISENACH, LÜNEBURG Y ARMSTADT; DE SU PRIMER MATRIMONIO EN MÜHLHAUSEN Y DE SU VIDA EN WEIMAR Y EN CÖTHEN

De chico, Sebastián tuvo una magnífica voz de soprano. He hablado con amigos que lo oyeron cantar y todos ellos conservaban el recuerdo del sonido extraordinariamente hermoso de su voz. En la iglesia de Ohrdruf cantaba todos los domingos y días festivos. En las bodas y entierros, con los otros chicos del coro, cantaba motetes en las casas y en la iglesia, y algunas veces, en la calle, recordando la costumbre de Eisenbach. En la época del cambio de voz, que sucedió, desgraciadamente, al poco tiempo de haberse trasladado de Ohrdruf a Lunemburgo, le ocurrió algo verdaderamente extraordinario. Un día, en el coro, se oyó a sí mismo cantar de pronto en octavas, es decir, como con doble voz. No podía remediarlo, pues ese hecho tan extraño era completamente ajeno a su voluntad. Y durante toda una semana, no solamente cantó, sino que también habló a dos voces. No he oído nunca que a nadie le haya sucedido algo parecido.

Al hermano mayor de los Bach, que fue el que educó a mi Sebastián, no lo vi nunca; pero mi marido hablaba siempre de él con gran respeto y agradecimiento, y años después devolvió al hijo de ese hermano gran parte de las bondades que debía a su padre. Había varias cosas en las que no era bueno contrariar a Sebastián, y lo que menos podía soportar era la falta de respeto a cualquier miembro de su familia, por lejano que fuera el parentesco. Por eso yo no podía expresar cierto rencor que me inspiraba su hermano, pues creía que tenía la culpa de cierta debilidad de la vista que padeció Sebastián toda su vida y la atribuía a sus celos o a su falta de generosidad. Ese hermano tenía una colección de piezas musicales célebres, de autores famosos, y no se las dejaba ver al chiquillo sediento de música, que hubiera deseado estudiar toda las que cayese en sus manos. Esas composiciones estaban encerradas en una caja de documentos que tenía una reja, y durante varios meses el pobre Sebastián se dedicó a copiar aquellas composiciones, de noche, a través de la reja y a la luz de la luna, pues no podía disponer ni de una vela. No es de extrañar que su vista se resintiese de tan extraordinario esfuerzo. Cuando hubo terminado esa obra ingente y empezó a tocar la música que había conquistado con tanto trabajo, su hermano descubrió el “crimen” y le quitó el original. No volvió a verlo hasta la muerte de su hermano, un año después de nuestra boda. Entonces fue cuando me refirió aquel suceso de su juventud, y me lo contó sin manifestar el menor resentimiento contra la dureza de su hermano. Pero, en ese hecho, se ve de pronto que se manifestaron su grandeza de carácter y su fuerza de voluntad.

También el sentimiento de la responsabilidad se desarrolló en él muy pronto. A los quince años ya se ganaba la vida. Se fue a Luneburgo y entró en el coro de San Miguel, donde, gracias a su hermosa voz de tiple, le dieron una plaza de interno y un pequeño sueldo. Una vez que estuve en Lunenburgo, visité yo también la iglesia de San Miguel. Por fuera tiene un aspecto muy alegre, con su torre de ladrillos, su cúpula de cobre y su gran farola; pero a mí me emocionó más lo interior, donde había resonado la voz seráfica de Sebastián cuando era niño, aquella voz que yo no había podido oír. Estoy celosa de todo lo que él ha vivido sin mí, cuando debería dar gracia a Dios por haberme permitido compartir con él casi la mitad de la vida.
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