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LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (6) - ESTHER MEYNEL


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DE LA JUVENTUD DE SEBASTIÁN EN EISENACH, LÜNEBURG Y ARMSTADT; DE SU PRIMER MATRIMONIO EN MÜHLHAUSEN Y DE SU VIDA EN WEIMAR Y EN CÖTHEN

Así empezó mi vida. Todo lo que me había sucedido antes me pareció no haber sido más que preparación y espera para esta vida. Pero, antes de describir los años maravillosos y felices que me regaló el cielo al hacerme esposa de Sebastián, desearía hablar, lo mejor que pueda, de lo que le sucedió en su juventud y durante los años vividos sin mí, cosas que le oí contar a él y a otros, pues si esta crónica ha de tener algún valor para la posteridad, he de contar todo lo que sé de su vida, desde el nacimiento hasta la muerte.

Nació en Eisenach. Siempre me pareció significativo que viese la luz en el mes de marzo, es decir, durante la Cuaresma, pues para Cuaresma y Semana Santa escribió sus mejores obras; la Pasión de San Mateo y la de San Juan, las obras que más profundamente conmovieron su alma. Una vez entré inesperadamente en su cuarto cuando estaba componiendo el solo de contralto “¡Oh, Gólgota!”, de la Pasión de San Mateo. ¡Cómo me conmoví al ver su rostro, en general tranquilo, fresco y colorado, de una palidez cenicienta y cubierto de lágrimas! No me vio; volví a salir silenciosamente, me senté en la escalera, ante la puerta de su cuarto y lloré también. ¡Los que oyen esa música, qué poco saben lo que costó! Sentía deseos de entrar y echarle los brazos al cuello, pero no me atreví. Había visto algo en su mirada que me produjo un sentimiento de veneración. Nunca llegó a enterarse de que yo le había visto en el dolor de la creación, de lo que me alegro hoy todavía, pues eran momentos en los que sólo debía verle Dios.

En esa música sagrada que compuso para las palabras del Evangelio, expresa los sentimientos de toda la cristiandad cuando mira hacia la cruz; y Sebastián, al sentarse a escribirla, sentía toda la angustia de la criatura humana deseosa de redención y toda la sublimidad del misterio humano.

Yo oí por primera vez la Pasión de San Mateo completa un día de Viernes Santo, ocho años después de nuestra boda, en la iglesia de Santo Tomás, y casi no pude soportar la emoción que me produjo esa obra tan gloriosa y conmovedora. Sin embargo, fueron pocas las personas que se fijaron en ella, y, como era difícil y no se podía cantar sin haberla ensayado muchas veces, transcurrieron once años hasta que la volví a oír. Y, ahora, esa música grandiosa y conmovedora duerme en silencio… ¡Tal vez la vuelva a oír en el cielo!

Nadie hubiera podido prever que el niño Juan Sebastián que, en el año 1685, nació en la espaciosa casa blanca de Eisenach, en el Frauenplan, llegaría a componer una música como la de la Pasión de San Mateo, pues música así no había existido en el mundo hasta que él la compuso. Cierto es que todos los Bach, desde que la memoria humana podía recordar, habían sido músicos. Sebastián contaba que el primer músico de la familia del que se tenían datos precisos, era su tatarabuelo, Vito Bach, un molinero y panadero cuyo mayor placer consistía en llevar al molino una guitarra y tocar en ella mientras se molía el trigo. -Estoy seguro de que resultaría un buen conjunto -dijo Sebastián una vez, sonriéndose-, y de que eso le ayudaría a llevar muy bien el compás. El bueno de mi tatarabuelo representa, por así decirlo, la época infantil de la música en la familia Bach-. La idea del viejo molinero que hacía su harina con música, divirtió a Sebastián toda la vida.
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