sábado

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez.



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


PRIMERA PUERTA: CIRCO AL MEDIODÍA (2)

DESPUÉS RECORRO la media cuadra de balasto color arena que me separa de la casa de los Espínola: los servidores saravistas que matean y fuman con el General en la penumbra de la galería parecen acampados al costado del tiempo. Y entonces sé que no voy a precisar golpear las manos ni defenderme de los perros. Entro murmurando Buenas tardes, nomás.

-Yo diría que no te cagues en Dios, Dirón -tuerce un poco los ojos incurablemente melancólicos el General, aunque sin desplazar el peñón aguileño del centro de la charla. -Puedes cagarte en Francia, en Chile o en el gallo de las Hortensias o en lo que se te ocurra. Pero en Dios no conviene.

-Lo que pasa es que era un jefe de veras -carraspea una voz de sombrero muy aludo, en el momento en que hago una seña pidiendo permiso para pasar hasta la cocina iluminada. -Vos lo mirabas de perfil y enseguida sacabas que era Diego Lamas. Porque tenía la nariz igualita que en las fotos del diario.

El único farol que hay encendido ahora en la casa me guía hasta la pequeña cocina de piso de tierra.


Y poco tiempo atrás habías escrito que cuando las tormentas eléctricas no cedían era como si un caballo desbocado les estuviera pateando la puerta y el General sacaba una hoja de palma bendecida de la mesa y la chamuscaba con la vela y quedaban esperando cada cual en su cama que los demonios se aplacaran y cuando la calma líquida empezaba a tamborilear sobre el cinc tu padre se persignaba automáticamente como todas las noches aunque tal vez lo único que pudiera importarle de la Iglesia era la procesión-fiesta de San Isidro Labrador donde podía sondear con avidez de viudo el torbellino de mujeres en flor arracimadas frente a los camiones que llegaban de Minas cargando estudios fotográficos máquinas de hacer churros o victrolas con fox-trots.


-Pero qué hacés por aquí -casi grita Manolo, dejando caer los cubiertos de la cena.

Y nos abrazamos sin preguntarnos ni explicarnos nada. El tiene 17 y yo 45. Después acepto un exquisito plato de puchero cocinado por el general y me decido a confesar:

-La eternidad me tiene loco, Manolo. ¿Sería mucha joda pedirte para ver el Circo a mediodía?

Hay una explosión reprimida en los ojos fluviales del muchacho, que pierde indisimulablemente la complacencia.

-Uff -demora en espantar una mariposa que provoca una sombra de murciélago sobre las chapas del techo y las paredes. -Eso quedó juntando polvo arriba en el ropero. La cagué, creo. No tendrías que haberle metido pincel. Aunque aquello era un NARANJA de la gran puta. Yo nunca vi nada igual. Y no sé si volveré a ver nada igual tampoco. A lo mejor si hubiera mantenido la unidad de la espátula -sin la menor estría- quién te dice. Aunque no creo, tampoco. Pero decime una cosa, ya que andás chapaleando en el tiempo estepario: ¿a vos el apellido BO-RO-DIN no te suena a algo como DESLIZAMIENTO HONDO Y BLANCO POR LA CÚPULA ETERNA, DELICADÍSIMAMENTE ENCRESTADO por lo que podría ser la CREPÌTACIÓN SERÁFICA DE UNOS CASCABELITOS?

-Ah, macho -cabeceo, escuchándolo carcajear mientras me agarra los hombros por encima de la mesa para frotarme (sin que se haga ostensible) el horror de los huesos.

Después hunde los platos y los cubiertos en un palanganón y explica:

-No, es que dentro de un rato empieza un poema sinfónico de Borodin. Paradeda se fue temprano para Montevideo y me dejó solo con la radio. ¿Qué más querés? Y HAY LUNA!!!!
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