sábado

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (CONCLUSIÓN 3)


III (1)

Transportémonos ahora al otro polo de la línea de fuerza que recorre la imaginación vital; veremos cómo Armand Petitjean descubre y explora el ultravioleta de la vida lúcida. Veremos también que, respecto al lautréamontismo, estamos ante otra extrapolación.

En principio parece muy evidente que hace falta luchar contra la mediocridad de nuestra vida psicológica; que hace falta, a la vez, romper las imágenes y romper las conductas para encontrar las res novae en nosotros y fuera de nosotros. Los procedimientos de la desobediencia ducassiana parecen muy insuficientes; los actos energizados en imitaciones animales parecen muy poco numerosos cuando se ha comprendido la importancia de la desobediencia petitjeaniana.

Tan pronto liberados, los valores lúcidos van a activar la imaginación y hacerla pasar de la imitación a la creación. La imaginación no será más, para Petijean, una adecuación a un pasado, cualquiera que este sea. El pasado de lo real, pasado de la percepción, pasado del recuerdo -el mundo y los sueños- sólo nos dan imágenes por destruir, por destrozar. La imaginación es pues la adecuación a un porvenir. La imagen petitjeaniana no es, pues, a nuestro parecer, objeto de visión. Es objeto de previsión. Prever, siempre es imaginar. La imaginación debe acariciar las formas en relieve del porvenir cercano. Del porvenir debe hacer el balance energético para distinguir lo que resiste y lo que va a ceder. Recoge el fruto maduro, la forma acabada con su plumón y su jugo. Las formas son los instantes decisivos de la causalidad formal. Al meditar la obra de Petitjean, fácilmente se vuelven a encontrar las enseñanzas y las paradojas ducassianas: los instantes decisivos de la causalidad formal son los instantes en que las formas de transforman, en que la metamorfosis da el juego completo del ser.
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