viernes

ESTHER MEYNEL - LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGADALENA BACH (3)


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Al día siguiente fue mi padre al concierto de la iglesia de Santa Catalina y, a su regreso, lo abrumé a preguntas.

Venía lleno de admiración; nunca en su vida había oído tocar el órgano de aquella manera, y decía que tampoco lo volvería a oír, como no lo tocasen las mismas manos. Lo escuchábamos formando círculo a su alrededor. Nos siguió contando que el Maestro de Capilla había tocado dos horas seguidas y que, durante un rato, había improvisado sobre motivos del coral “La orilla de las aguas de Babilonia” haciendo un maravilloso juego de pedal. Mi padre decía, lleno de admiración, que gobernaba el doble pedal con la misma facilidad que ejecutaba una escala con la mano. Después les había hecho escuchar una fantasía y fuga en Sol Menor, que había compuesto poco antes. Era una pieza extraordinariamente bella y brillante. Yo misma se la oí tocar, con frecuencia, en tiempos pretéritos, y tuve por ella una predilección especial. Sobre todo, el principio de la fuga me gustaba cada vez más. ¡Qué alegría, qué júbilo! Cuando Sebastián terminó su concierto, se le acercó el señor Reinken, que había sido hasta entonces organista de Santa Catalina. Tenía noventa y siete años y gozaba fama de ser muy celoso y de estar engreído de su capacidad. No obstante, con asombro de todos los presentes, cogió la mano de Bach, se la besó y dijo:

-Creí que este arte moría conmigo, pero veo que todavía vive en usted.

Lo que más había impresionado a mi padre de la manera de tocar el órgano de Bach, eran su calma y su facilidad. A pesar de que sus pies volaban sobre los pedales como si tuviesen alas, su cuerpo parecía no moverse lo más mínimo, ni se balanceaba como hacen otros organistas. Su música era la perfección, que parece fácil y no descubre ningún esfuerzo.

Lo que sucedió después se lo oímos contar a mi tío abuelo, que también era músico y sentía gran inclinación por Sebastián. Acababa de fallecer el organista de la iglesia de San Jacobo, de Hamburgo, y Sebastián, al que seducía la idea de poder disponer de un instrumento tan magnífico para componer música sagrada (en la corte del Duque de Cöthen tenía que componer, principalmente, música de cámara), solicitó esa plaza. Pero, en lugar de alegrarse de la inmensa felicidad que suponía el tener el mejor organista de la nación, los respetables consejeros municipales votaron a un tal Joaquín Heitmann, músico muy vulgar, porque aportó un regalo de cuatro mi marcos.

-Preludia mejor con los táleros que con los dedos -exclamó, indignado, mi tío, en aquella ocasión.

También el pastor Neumeister, que pertenecía al Consejo Municipal, se indignó tanto por ese negocio, que presentó la dimisión de Consejero y, en uno de sus próximos sermones, pronunció las siguientes palabras amargas.

-Estoy convencido de que si uno de los ángeles que en Belén tocó música celestial al niño Jesús, pretendiese ser organista de San Jacobo, dejarían que se volviese a alejar volando si no traía dinero.

Esa fue la causa de que el Maestro de Capilla Bach, no se instalase en Hamburgo.

Y ahora llego a mi primer encuentro con él, que sucedió al año de haberle visto por vez primera. Mi padre era trompetero de la corte de Weissenfels, y en nuestra casa entraban y salían los músicos constantemente. Él mismo iba también, con frecuencia, a la corte de Cöthen, en la que Sebastián era director de orquesta. También yo había cantado algunas veces en los conciertos de aquella corte; pero todas ellas estuvo ausente Sebastián, unas veces por enfermedad y, otras, por encontrarse de viaje. Su ausencia era para mí, cada vez, una amarga desilusión, pues experimentaba grandes deseos de volverle a ver y de cruzar con él algunas palabras.

Pero cierta mañana -era una hermosa mañana de primavera, lo recuerdo perfectamente- salí de casa y, a mi regreso, iba a entrar en la sala para poner unas ramitas verdes y frescas en un jarrón, cuando mi madre apoyó la mano en mi brazo:

-Espera un momentito, Magdalena -me dijo-, tu padre tiene una entrevista con el Maestro de Capilla Bach y creo que les estorbarías.

Mi pobre corazón se puso a latir con violencia. No le había visto más que una sola vez, pero había oído hablar mucho de él y sentía un deseo ardiente e inexplicable de volverle a ver. Me quedé en el pasillo, con el temor de que mi padre me llamase, pero temiendo, al mismo tiempo, que no lo hiciese. Iba a dirigirme corriendo a mi cuarto para ponerme un lazo nuevo en los cabellos, que creía que me sentaría mejor que el que llevaba puesto, cuando mi padre asomó la cabeza por la puerta y preguntó:

-Ana, ¿ha vuelto Magdalena? -Entonces me vio y exclamó: -Ven, hija mia, Bach es muy amable y quiere oír tu voz.

Entonces entré y me encontré frente a él. Estaba tan turbada que casi no me atrevía a levantar la vista, y tenía la esperanza de que no me reconociese, ya que la iglesia de Santa Catalina era bastante sombría. Pero, más tarde, me contó que había reconocido al momento a su tímida oyente. Me pareció alto en exceso, y, sin embargo, no era de estatura extraordinaria, pues era muy poco más alto que mi padre, Pero, por una causa inexplicable, daba la impresión de ser alto, ancho y fuerte; de él se desprendía algo roqueño, y siempre que se encontraba rodeado de otros hombres, parecía ser más considerable que ellos corporalmente cuando, en realidad, sólo su corazón y su genio eran superiores a los de los demás. Gaspar me contaba ayer que también él había experimentado siempre la sensación de que Sebastián superaba corporal y espiritualmente a los otros hombres. Imponía por su sencilla presencia y no por lo que decía, pues era muy serio y tranquilo, y hablaba muy poco, y solamente con quien tenía confianza.

En aquel momento yo sentía una timidez tremenda. Le hice una reverencia y no abrí la boca, hasta que cogió un cuaderno de notas, lo puso en el atril del piano, se sentó y me invitó a cantar. Afortunadamente, mi turbación desapareció en cuanto empecé a cantar y, cuando terminé, exclamó mi padre, con cara satisfecha: -¡Bien, hija mía! - El señor Bach me miró unos momentos inmóvil y luego dijo: -Sabes cantar, y tu voz es pura-. Yo hubiese seseado contestarle: -¡Y tú sabes tocar!-, pero no me atreví. Es indescriptible lo que había hecho del sencillo acompañamiento que yo había tocado tantas veces. ¡La colocación de las manos, el modo de emplear el pulgar, la posición de los dedos, todo era distinto de como lo hacían los demás! Pero no pude decir nada de eso, pues al concluir de cantar me encontraba en un estado de excitación inexpresable. Hubiera deseado huir, como la otra vez en la iglesia, pero permanecí junto al clave muda y turbada como una niña. Sí, me sentía sumamente infantil ante aquel hombre y, sin embargo, en aquel corto espacio me estaba sucediendo algo que nos les sucede a los niños.  Hacía ya tiempo que Dios había abierto mi alma a la música, y entonces, después de haber oído tocar a Sebastián Bach, me parecía imposible que ningún otro hombre de este mundo pudiera llegar a impresionarme. También él se dijo en aquel instante >(¡si yo lo hubiese sabido!): “Me quiero casar con esta muchacha”. Estaba seguro de que yo daría mi consentimiento, pues sabía que todo cuanto él quería de verdad en este mundo, lo conseguía. En algunas ocasiones, años después, su constancia y su firmeza llegaron a parecerme obstinación.

La descripción que acabo de hacer de la primera vez que lo vi y le hablé es exacta en conjunto y en detalle, la impresión que experimenté en aquella ocasión vive en mí con la misma claridad, sin que la hayan borrado los largos años de intimidad ni la haya turbado el recuerdo de la última mirada que dirigí a su adorado rostro cuando estaba ante mí con los ojos ya cerrados para siempre.
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