domingo

ROUNDS DE CARIÑO CON ONETTI (4) - Hugo Giovanetti Viola


(texto publicado por la revista mexicana Plural en 1983 con el título de Algo más sobre Onetti)

Dejemos hablar al tiempo

Este es el título del comentario que escribí, a propósito de Dejemos hablar al viento, para una revista montevideana que apareció en diciembre del 81. El texto es el siguiente:

No se trata de escribir una nota bibliográfica más, con el tono adecuado para las circunstancias. El mayor escritor de nuestras playas, como a él le gustaría ser llamado de no mediar su seguramente intocada humildad, dio a conocer por fin el “el novelón” donde la purificación del fuego baña en última luz la ciudad de la Virgen: Santa María. Lo que le corresponde al escritor (sobre todo uruguayo) que imagina el incendio, es prender una antorcha con ese resplandor. Las antorchas obligan a mantener en alto un lenguaje sin sombra.

Dejemos hablar al viento no debe ser juzgada como cualquier novela. Es el último libro publicado por el fundador de la moderna novela latinoamericana, un narrador enorme que jamás dejó marcas de coraje o cansancio sobre lo que escribió: como se hace el amor en una noche mágica. Encontrar esas marcas en un libro de Onetti ya parecía imposible. Hasta que sucedió. Frente a esos surcos lastimantes -a la vez que triunfales- que exhibe la criatura sobre su fresca testa se produce la eterna trinidad de reacciones. Por un lado, el fariseísmo editorial hace que no ve nada (o tal vez ni ha observado con detenimiento al seguro best-seller) y escupe propaganda y disputa derechos estrepitosamente, agotando ediciones. Por otro lado, la “crítica” internacional trenza nuevas polémicas con la alegría feroz de una muchacha vieja que se inflama en un traje chillón que la revitaliza por un tiempo. Mucha gente del charco, en cambio, olfateará desde Lavanda el incendio final de la ciudad maldita: al otro del río -y acaso emboscada entre la arboleda tontovideana- verá los verdugones de los reflejos rojos viboreando en el agua color de león y se hundirá en el círculo venial de la miopía. Conversará después con gestos de Pilatos sobre la criatura que le nació abollada al pater Brausen, y creerá redimirse reflotando patrióticos enfoques panegíricos -ahora el Premio Cervantes se vistió de celeste- que provocó el maestro cuando podía parir una novela larga sin tener que morir adentro de ella y agregar el desplante de la resurrección.

Porque esto es lo que ha sucedido en Dejemos hablar al viento. Antes que nada habría que revisar -con los riesgos que implican las aproximaciones- crecimiento y edad de este opus onettiano no tan singularmente accidentado (a juzgar por el capítulo XVI de la segunda parte de La vida breveJuntacadáveres, para dar otro ejemplo de discontinuidad poco frecuente, debe haber sido comenzada o soñada en la década del cuarenta y recién se completó después de El astillero, casi dos décadas más tarde.) Primera conclusión: tomando como base el capítulo Santa María V de El astillero -donde el personaje central de Dejemos hablar al viento, en aquel entonces sub-comisario Medina, aparece retratado con demasiada minuciosidad- es posible afirmar que la última novela de Juan Carlos Onetti fue empezada hace más de veinte años. Otro argumento irrefutable es la inclusión -con modificaciones- del cuento Justo el 31 (publicado a principios de la década del sesenta) como octavo capítulo de Dejemos habar al viento. Esta inclusión rechina, sin lugar a dudas. Como rechina en estructura y hasta en delicadeza -esa especial temperatura que a pesar de la terca sordidez de la gran mayoría de su temática siempre fue conservada por el arte onettiano- toda la primera parte de esta última novela. Y es evidente que el autor lo supo, mientras iba escribiéndola. Hasta que la muy intertextualizada novela debe de haberse muerto en el alma de Onetti una vez, por lo menos, como su personaje.

Porque el ex-comisario Medina -que en la primera parte de Dejemos hablar al viento ha escapado a Lavanda para dedicarse a pintar y pinchar muchachitas en su amorosa caja de reciente crisálidas- vuelve a Santa María para resucitar (desencantadamente, por supuesto) en la ciudad maldita. Su bendición secreta será purificarla con el viento del fuego, después de asesinar a la Lilith andrógina: Frieda Von Kliestein. Entonces el lector puede cruzar tonificado por la segunda parte de esta extraña novela, sumergido en la fe de un narrador rabioso y rejuvenecido que se cuestiona -como nunca lo hizo- su descreencia en el hombre hasta la exasperación (baste analogizar su relación con Seoane). Y no importa el resultado conceptual de la lucha. Importa que en el capítulo XXXVIII de Dejemos hablar al viento se haya escrito una de las más misteriosas y poéticas escenas de la literatura universal -aunque sólo sea un párrafo de 16 líneas. Por supuesto que no hay ni que mencionar cuál es. No podríamos creer que en nuestro terco charco -apedreado hace casi medio siglo por “Periquito el Aguador”- siga faltando gracia de profundidad para reconocerla. Porque allí se trasciende maravillosamente la belleza enfermiza que Juan Carlos Onetti ha exhumado del tiempo que le tocó sufrir, para cumplirse un acto de inscripción evangélica. Y lo demás: es literatura.
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