sábado

ROUNDS DE CARIÑO CON ONETTI (3) - Hugo Giovanetti Viola


(texto publicado por la revista mexicana Plural en 1983 con el título de Algo más sobre Onetti)

Partidas entre maestros I

También a fines del sesenta encontré en el depósito de una librería, menos para mi suerte que para mi desgracia -si se toma en cuenta la edad en que me tocó leerlo- un viejísimo ejemplar de Viaje al fin de la noche que le corrí a mostrar al Viejo aquella misma tarde. Onetti me lo arrancó de las manos y lo hojeó hasta la escena de la despedida entre Ferdinand y Molly. La subrayó grotescamente con un marcador negro, renglón por renglón, y después puso Onetti en la primera página. “Primero lo voy a volver a leer yo” me dijo con cara de buda abusivo y malcriado: “Podés venir a buscarlo dentro de una semana”.

A la semana me lo devolvió, contándome -detalladas anécdotas mediante- cómo había llegado a entusiasmar hasta al mismísimo Joaquín Torres-García con el maldito Voyage. (Hay que aclarar que Joaquín Torres-García ha sido uno de los pocos hombres capaces de derrotar a Onetti en la vieja pulseada donde los sacrificados adanes de la especie (las mujeres son innegablemente superiores en ese sentido: le dan más importancia a pujar que a pulsear, aun no teniendo hijos) ponen en juego su creencia o descreencia en el género humano. El Viejo ha reconocido su derrota frente a la esperanza torresgarciana en un hermoso artículo publicado en España no hace tantos años.) Yo me demoré el Voyage en unos días y me estaqueó, seguro. No debe ser difícil adherir al mejor de los párrafos que Onetti escribió en Marcha el 1 de diciembre de 1961, a propósito del Dr. Destouches:

Fue en vísperas de la guerra, de la segunda, que logramos atrapar este libro. O él estaba destinado a atraparme a mí. Viaje al fin de la noche era feroz y fue escrito para mostrarme y confirmar la ferocidad del mundo. Puede ser que se trate de una gran mentira, armada con talento. La gente no es egoísta ni miserable, no envejece, no se muere de golpe y aullando, no engendra hijos que padezcan lo mismo. Los objetos, los amores, los días, los simples entusiasmos, no están destinados a la mugre y a la carcoma. Céline miente, entonces; vivió en el paraíso y fue incapaz de comprenderlo. Pero existe algo llamado literatura, un oficio, una manía, un arte. Y Viaje es, en este terreno, una de las mejores cosas hechas en este siglo.

Por aquel tiempo le comenté a Manolita Piña de Torres-García (que a punto de cumplir 100 años, en este soleado abril montevideano de 1982, recorre el barrio con un sombrero de paja que le refresca la sobrehumana lucidez de la risa y los ojos) lo que me había contado Onetti a propósito del Voyage. Manolita se rio, divertida.

“Pues no ha de ser verdad” dijo: “Torres jamás leía esa clase de libros. Los aceptaba, los miraba un poco y después los guardaba en la mesa de luz. Luego, cuando lo devolvía, decía que era muy bueno y todo eso, pero jamás leía esa clase de libros. Es que es horrible, ¿no? Yo lo leí en francés, me acuerdo, en aquel tiempo. Debe de estar muy bien escrito y todo eso, pero recuerdo que no me gustó: qué cosa más horrible”.

El cronista no se anima a jugarse por ninguna de las dos versiones, aunque lo seduzca mucho más -como no podía ser de otra manera- la óptica femenina. Creemos que en realidad no importa demasiado si don Joaquín Torres-García pudo sobrellevar la lectura de un libro donde “se eligió la ferocidad, la mugre y el regusto por la bazofia con singular entusiasmo” (Onetti dixit), a pesar de la maravillosa escena redentora que el Viejo se apuró a subrayar -y le agradeceré siempre la tácita advertencia- enseguida de arrebatármelo.

Lo que cuenta es que Torres, al toparse con el Voyage, ya había pasado hacía bastante tiempo la edad en que se aprende (y no todos lo aprenden) a no decirle piropos de corazón a las sirenas que se nos atraviesan en el Ponto a cierta altura de ciertas travesías. Y fin a la cuestión. No por casualidad el pintor constructivista le ganaba pulseadas a hombres que han tenido prohibido (según lo testimonian públicas confesiones) el uso de su demoledor tentáculo derecho en las finales por el descenso o el ascenso que jugaba el Blue Star.


Partidas entre maestros II

Onetti hablaba siempre con nostalgia de las épocas en que se frecuentaron con Cortázar en Buenos Aires, allá por los años cuarenta. También hablaba con renovada admiración de los cuentos de Cortázar, y sobre todo de un lluvioso episodio de Rayuela que lo maravillaba interminablemente: la pobre Berthe Trépat. En un rincón del baño del apartamento de Gonzalo Ramírez, además, quedó a la vista el famoso botiquín que el Viejo rompió de un piñazo mientras leía El perseguidor (Charlie brother: se trata de Bee rezaban grandes letras rojas en el espacio donde ya no había espejo).

“Debe ser un gran cuento” me dijo el Viejo un día: “Aunque yo nunca lo pude terminar de leer. Hablando de Cortázar, parece que se enojó de veras, porque no me escribió más”. Después hizo la pausa. Yo relojeaba el cuadro del pescadito rojo, el retrato de Faulkmer y los versos tachuelados en un tosco lambriz (hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompañamé) que custodiaban la cama de Onetti, y sabía que pasado ese tiempo se debía preguntar. “¿Qué pasó?” pregunté. “Nada, mijo, nada. Querés un Benson & Hedges? No sabés lo que te perdés” dijo el Viejo prendiendo el superlong de moda con la novelería de un liceal: “Cuando salió Rayuela le mandé una carta diciéndole que lo había leído de tres maneras: como lector macho, como lector hembra y según el orden de la quiniela de Montevideo. Le dije que me había gustado más de la última manera. Pero fue un chiste, che. No sé por qué se ofenden”.

Pocos años después, frente a la puerta de Julio Cortázar, este cronista recordaría aquella mañana amarilla en que su amigo lo llevó a conocer al Viejo. Yo había golpeando y tocando el timbre inútilmente durante meses en el apartamento que clausuraba la escalera de caracol del edificio número 9, rue de l’Éperon. Hasta que un lluvioso atardecer de domingo (con la implacable muerte vallejiana trancada en el buche) escuché desde la calle una música coral, y supe que Cortázar estaba. Toqué un timbrazo tímido pero me dio vergüenza interrumpir la música. Así que bajé a hacer tiempo a un boliche y al volver hundí el timbre con impune ansiedad en el apartamento silencioso.

“Buenas tardes” le dije a la estampa de Portos que me abrió sin caber demasiado en la puerta. No pude agregar nada. “¿Y usted quién es?” me preguntó Cortázar fulminándome con una cruda mirada amarilla. “Vengo de parte de Onetti” mentí. “Pase” dijo Cortázar, resignado y cortés.

La última vez que nos vimos tuve que desmentirme, porque el hombre gigante también me regaló dulcemente su tiempo, en una ciudad donde la vida acaba de matarme la inocencia a palazos. Así que cuando me mandó un abrazo para Onetti, le confesé que en realidad andaba peleado con el Viejo desde unos cuantos meses antes de escaparme a París. (Era un estar peleado unilateralmente, claro. El Viejo me había herido con un veredicto no literario que yo mismo pedí, y él fue cruel y sincero.) “Bueno” dijo Cortázar, con humildad legítima: “Pero si llega a verlo no se olvide de mandarle un abrazo de parte mía. Los grandes como Onetti tienen sus derechos. Y nosotros tenemos que entenderlos”.
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