martes

NOCHE OSCURA (19) - SAN JUAN DE LA CRUZ


CAPÍTULO 12

De los provechos que causa en el alma esta “Noche” (1)

1 / Esta Noche y purgación del apetito -dichosa para el alma- tantos bienes y provechos hace en ella (aunque a ella antes le parece, como hemos dicho, que se los quita), que así como Abraham hizo gran fiesta cuando quitó la leche a su hijo Isaac (Gen. 21, 8), se gozan en el cielo de que ya saque Dios a esta alma de pañales, de que la baje de los brazos, de que la haga andar por su pie, de que también, quitándole el pecho de la leche y blando y dulce manjar de niños, le haga comer pan con corteza, y que comience a gustar el manjar de robustos que en estas sequedades y tinieblas del sentido se comienza a dar al espíritu vacío y seco de los gustos del sentido, que es la contemplación infusa que habemos dicho.


2 / Y este es el primer y principal provecho que aquí el alma consigue, del cual casi todos los demás se causan; del cual el primer provecho que causa esta seca y oscura Noche de contemplación, es el conocimiento de sí y de su miseria; porque, demás de que todas las mercedes que Dios hace al alma, ordinariamente las hace envueltas en este conocimiento, estas sequedades y vacíos de las potencias acerca de la abundancia que antes sentía y la dificultad que halla el alma en las cosas buenas, la hacen conocer de sí la bajeza y la miseria que en el tiempo de su prosperidad no echaba de ver.

De esto hay buena figura en el Éxodo donde, queriendo Dios humillar a los hijos de Israel y que se conociesen, les mandó quitar y desnudar el traje y alivio festival con que ordinariamente andaban compuestos en el desierto, diciendo: Ahora, ya de aquí en adelante, despojaos del ornato festival y poneos vestidos comunes y de trabajo, para que sepáis el tratamiento que merecéis (33, 5). Lo cual es como si dijera: Por cuanto el traje que traéis, por ser de fiesta y alegría, os ocasiona a no sentir de vosotros tan bajamente como vosotros sois, quitaos ya ese traje para que de aquí en adelante, viéndoos vestidos de vilezas, conozcáis que no merecéis nada y quién sois vosotros. De donde la verdad que el alma antes no conocía de su miseria; porque en el tiempo que andaba como de fiesta, hallando en Dios mucho gusto y consuelo y arrimo, andaba más satisfecha y contenta, pareciéndole que en algo servía a Dios (porque esto, aunque entonces expresamente no lo tenga en sí, a lo menos en la satisfacción que halla en el gusto se le asienta algo de ello; ya puesta en estotro traje de trabajo, de sequedad y desamparo, oscurecidas sus primeras luces, tiene más de veras estas en esta tan excelente y necesaria virtud de conocimiento propio, no teniendo ya en nada ni teniendo satisfacción ninguna de sí, porque se ve que de suyo no hace ni puede nada.

Y esta poca satisfacción de sí y desconsuelo que tiene de que no sirve a Dios, tiene y estima Dios en más que todas las obras y gustos primeros que tenía el alma y hacía, por más que ellos fuesen, por cuanto en ellos se ocasionaba para muchas imperfecciones e ignorancias; y de este trabajo de sequedad, no sólo lo que habemos dicho, sino también los provechos que ahora diremos y muchos que se quedarán por decir nacen, que, como su fuente y origen del conocimiento propio proceden.

3 / Cuanto a lo primero, nácele al alma tratar con Dios con más comedimiento y más cortesanía, que es lo que siempre ha de tener el trato con el Altísimo; lo cual en la prosperidad de su gusto y consuelo no hacía, porque aquel sabor (y gusto) que sentía, hacía ser al apetito acerca de Dios algo más atrevido de lo que bastaba y descortés y mal mirado.

Como acaeció a Moisés cuando sintió que Dios le hablaba: cegado de aquel gusto y apetito, sin más consideración que se atrevía a llegar, si no le mandara Dios que se detuviera y descalzara; por lo cual se denota el respeto y discreción en desnudez de apetitos con que se ha de tratar con Dios. De donde, cuando obedeció en esto Moisés, quedó tan puesto en razón y tan advertido, que dice la Escritura que no sólo no se atrevió a llegar, mas que ni aun osaba considerar (Éx. 3,6); porque, quitados los zapatos de los apetitos y gustos, conocía su miseria grandemente delante de Dios, porque así le convenía para oír la palabra de Dios.

Como también la disposición que dio Dios a Job para hablar con Él, no fueron aquellos deleites y glorias que el mismo Job allí refiere que solía tener en su Dios, sino tenerle desnudo en el muladar, desamparado y aun perseguido de sus amigos, lleno de angustia y amargura, y sembrado de gusanos el suelo; y entonces, de esta manera se preció el que levanta al pobre del estiércol (Ps. 112,7), el altísimo Dios, de descender y hablar allí cara a cara con él, descubriéndole las altezas profundas, grandes, de su Sabiduría, cual nunca antes había hecho en el tiempo de la prosperidad (38, Iss).

4 / Y así, nos conviene notar otro excelente provecho que hay en esta Noche y sequedad del sensitivo apetito, pues habemos venido a dar en él, y es que en esta Noche oscura del apetito -porque se verifique lo que dice el profeta, es a saber: Lucirá tu luz en las tinieblas (Is. 58,10)-, alumbrará Dios al alma, no sólo dándole conocimiento de su bajeza y miseria, como habemos dicho, sino también de la grandeza y excelencia de Dios; porque, demás de que, apagados los apetitos y gustos y arrimos sensibles, queda limpio y libre el entendimiento para aprender la verdad -porque el gusto sensible y apetito, aunque sea de cosas espirituales, ofusca y embaraza el espíritu- y demás, también que aquel aprieto y sequedad del sentido ilustra y aviva el entendimiento, como dice Isaías (28, 19); que con la vejación hace entender Dios cómo en el alma vacía y desembarazada (que es lo que se requiere para su divina influencia) sobrenaturalmente por medio de esta Noche oscura y seca de contemplación la va, como habemos dicho, instruyendo en su divina sabiduría, lo cual por los jugos y gustos primero no hacía.
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