domingo

LA TIERRA PURPÚREA (65) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XVII / DOLORES (1)

Con caballo en que montar y el brazo mucho mejor, como que el cabestrillo que lo sostenía era más bien un adorno que otra cosa, no había ninguna razón, salvo la promesa de no huir inmediatamente, para quedarme más tiempo más tiempo en el agradable retiro de la Casa Blanca; esto es, si hubiese sido un hombre de gutapercha o de hierro fundido, siendo hecho, en cambio, de una arcilla muy impresionable, no podía persuadirme de que todavía estuviere lo suficientemente sano para emprender aquel largo viaje por un país tan en desorden. Además, mi ausencia de Montevideo ya había durado tanto tiempo, que unos pocos días más o menos no podían tener gran importancia, así que fui quedándome y gozando de la sociedad de mis nuevos amigos, mientras que cada día, cada hora, me sentía menos y menos capaz de soportar la idea de desprenderme de Dolores.

Pasaba una gran parte del tiempo en la amena huerta anexa a la casa. Allí, creciendo en la pintoresca irregularidad, erguíanse unos cincuenta o sesenta duraznos pérsicos, albaricoqueros, ciruelos y cerezos, cuyos troncos eran doble del grueso del muslo de un hombre; jamás habían sido desfigurados por la podadera o el serrucho, y su enorme tamaño y tosca corteza cubierta de grisáceo liquen les daban un antiquísimo aspecto. En todas partes del huerto, mezcladas en bonita confusión, florecían muchas de las flores del Viejo Mundo, que nacen en derredor del hogar del hombre civilizado en todas las regiones templadas de la tierra. Allí florecían los inmemoriales alelíes dobles, brillantes botones de oro, las maravillas, la alta malva rosa y las alegres amapolas; también, medio escondidos entre la hierba, asomaban nomeolvides y pensamientos. Espuelas de caballero, rojas, blancas y azules, se ostentaba por doquiera que uno paseara la vista; y allí hallábase, también, el inolvidable clavel, viéndose como antaño, brillante y aterciopelado; pero a pesar de su brillantez y tieso cuello verde, siempre con aquella molesta expresión como si estuviera avergonzado de llevar tan bonito nombre (1). Estas flores no eran cultivadas, sino que creían espontáneamente de la semilla que esparcían todos los años; el jardinero no hacía más que desherbar el terreno y regaría un poco cuando hacía mucho calor.

Habiendo pasado los calores del solsticio, las flores, que durante ese período dejan de florecer en Europa, estaban ataviadas otra vez en su más gallarda librea, para acoger a la segunda y prolongada primavera del otoño, que dura desde febrero hasta mayo. Al otro extremo de esta rústica frondosidad de flores y árboles frutales, había una cerca de áloes, que, con sus enormes y desordenadas hojas en forma de duelas, cubría una extensión de veinte a treinta metros de anchura. La cerca era una como una tira de salvaje naturaleza colocada al lado de una porción de esta, perfeccionada por el hombre; y allí, como culebras ahuyentadas al campo raso, se habían refugiado la maleza y otras plantas silvestres a las que no les era permitido mezclarse con las flores. Protegido por aquel tosco bastión de espigones, la cicuta extendía plumosas ramitas de obscuras hojas y blanquizcas umbelas, por doquiera que pudiesen alcanzar a la luz del sol. Allí también crecían la dulcamara y otras hierbas solanáceas con sus pequeños ramilletes de ramas verdes y moradas; la balluca, carricera y ortiga. La cerca les daba abrigo, pero ninguna humedad, de modo que estas hierbas y malezas, cuyos vástagos se erguían largos y leñosos, aparecían mustias y sin vida entre los vigorosos áloes. La cerca también daba albergue a una gran variedad de seres del reino animal. Cobijábanse en ellas, lauchas, cabiayes y las huidizas y pequeñas lagartijas; bajo su sombra las chicharras cantaban alegremente todo el día, mientras que en cada claro las verdes epeiras extendían sus geométricas telas. Por abundar las arañas, era el cazadero favorito de aquellos bandidos de insectos, las avispas, que revoloteaban zumbando en sus espléndidos uniformes de oro y grana. También se hallaban allí muchas tímidas avecillas, siendo mi predilecta el reyezuelo, porque su aspecto, sus acciones, bruscos movimientos y modo de refunfuñar son exactamente iguales a los del nuestro, aunque su canto es más fuerte y melodioso.
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