martes

LA INTIFADA PALESTINA Y SU POESÍA (17) - Alejandro Hamed Franco


Poemas palestinos de resistencia

Taufiq Zayyad
Mahmud Darwish
Fadua Tuqán
Samih Al-Qasim
Salim Yubrán


MAHMUD DARWISH (9)


Patria

¡Patria mía!...
Los hierros que me oprimen
me enseñan a ser fuerte como el águila,
a ser firme en la espera.
No suponía que bajo nuestras pieles
yaciera una tormenta
y un esponsal de arroyos.

Me han dejado en tinieblas en la celda,
pero en el corazón ya se ha encendido
el sol de unas antorchas.

Han escrito mi número en los muros.
Y en los muros salió
todo un marjal de espigas.

Excavé tu figura, sangrando, con los dientes.
He hundido mi derrota
en la esponjosa carne de la sombra,
y clavado mis dedos
en la rubia melena de la luz.

Y aquellos que invadían mis azoteas
pudieron oír, sólo,
el trueno de mis tierras, removiéndose.
No verán más que el brillo de mi frente.
No oirán sino el rumor de mis cadenas.

Y si ardo en la cruz,
seré un santo
vestido de guerrero.


Poemas de un antiguo amor

I)

Sobre las ruinas, nuestra rosa.
Nuestros dos rostros, sobre la arena.
Cuando pasaron los vientos del verano,
alzamos los pañuelos
despacio… muy despacio…
y, como misioneros,
nos fuimos en el pliegue de dos canciones.
Espiando la gota de rocío.
¡Déjame nuevamente, hermana mía,
que piense en ti!
El final de la noche me desnuda
de humillación y de colores,
me guarda de las sombras.
Y en tus ojos, ¡oh vieja luna mía!,
tira de mí mi origen
a una ceguera azul
bajo el sol y las palmas.
Lejos del oscuro destierro.
Cerca del seno de mi familia.

II)

Quise, en ti, la niñez.
Al marcharse los pájaros
primaverales,
se quedaron los árboles desnudos.
Y tu voz me venía
-¡ay, cómo me venía!-
de los pozos, a veces,
a veces, goteándome en la lluvia.


Cayendo:
Como el fuego,
los árboles,
los versos.
¡Ven!… En tus ojos había
algo que deseaba,
esperanzado.
Arrástrame a tus brazos.
Arrástrame, lo mismo que un cautivo
que te pide perdón.
Quise en ti la niñez.
Y desde que tus ojos
se me fueron,
se ha oxidado la luna.

III)

Cruzamos el camino,
maniatados,
igual que prisioneros.
Sin saber si mi mano -o si la tuya-
el dolor de la otra había chupado.
Mas, como de costumbre, no surgió
en tu pecho ni el mío
el ciprés del recuerdo.
Como si atravesáramos las sendas
como toda la gente,
y al mirar
no quedara deseo,
ni pesar,
ni dolor.
Y nos hundimos en la masa
para comprar nuestras pequeñas cosas.
Sin dejar en la noche
cenizas
que recuerden la brasa;
ni nada que gritara
por mis venas…
Para que yo bebiera de tus manos
el montón de cenizas del recuerdo.

IV)

Cayó un astro, una vez,
y caminó por nuestros dedos
sin cansarse.
Cuando sorbí en tus labios
el zumo de las moras,
vino a beber
entonces.
Cuando escribí a tus ojos,
fue punteando todo lo que te había escrito;
y partió con nosotros
el café y la almohada.
Y cuando tú partiste,
él se quedó.
¿Te has olvidado ya,
tal vez, de mí?
Como un canto, en el viento,
cayendo hacia el ocaso.
Y al tratar de olvidarte,
se me posa en las manos
una estrella.

V)

¡Gloriosa seas!
Al eco de tu nombre,
mi fantasía da alas
a las cadenas y a la cárcel.
Y te veo
correr como una potra,
cuando me apoyo en la almohada.
En mis noches de frío,
te siento como un sol cantándome en la sangre.
Al decirte niñez,
tus senos se me yerguen.
Te digo primavera,
y se estiran las rosas y la yerba.
Te digo firmamento,
y se alegran los truenos y la lluvia.
¡Gloriosa seas!

VI)

La tarde nos llegó
Cuando el sol destrenzaba
su pelo sobre el mar,
y su último beso
en mis ojos anclaba,
como la brasa.
¡Coge de mí los vientos,
y bésame,
aun por última vez en esta vida!

Le llegó la mañana
cuando el sol se peinaba por Oriente.
Era suya la alheña,
la boda,
y la entrada al palacio de los esclavos.
¡Coge de mí los cantos,
y niégame
como el fulgor del rayo!
Y me llegó la tarde
cuando tocaban todas las campanas
en el cortejo
de la hermosa cautiva.
Tenía el corazón frío como el diamante,
y parecían mis sueños
baúles en el muelle.
¡Coge la primavera,
y dime adiós!
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