domingo

JUAN CARLOS ONETTI - PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE (13)


IV (1)

Entre pocas cosas más fueron repartidas las pa­labras y esas cosas las he olvidado. Pasó casi un año, empecé a consolarme con el principio de otro verano y me encontré una mañana en el hospital con Jorge Malabia. Era un Jorge Malabia pareci­do a su pariente Marcos Bergner, nada a su madre. Más grande pero no más gordo, hablando con la enfermera de la mesa de entradas, sonriendo mien­tras mordía la pipa apagada; esa sonrisa juvenil feroz, mientras el miedo a la vida y la voracidad ocupan sin remedio los ojos.
-Hola. -Estaba en camisa y calzado con botas-. Supe que se iban a animar a una trepanación. Tenía ganas de ver morir así a alguien, ver el segundo de la muerte en un cerebro. Pero se arrepintieron.

Encogí los hombros y dejé de mirarlo.

-Sí, es seguro, casi, que se hubiera muerto. De todos modos, yo no operaba.
-Es gracioso. Estaba citado con Tito y no vino. No sé por qué: conoce al futuro cadáver, es un empleado del padre o algo así ¿De modo que lo van a fortalecer durante una semana para que dure unos minutos más en la mesa?

-Debe ser eso -contesté-. Setenta años, operado de lo mismo hace ocho meses, casi idiota desde entonces.

Saludé a Margarita, la chica de la mesa de entradas y salimos, él y yo, sin andar de veras jun­tos, como dos desconocidos que llevan el mismo camino. Admiré el caballo atado flojamente a un árbol, estuve mirando el sol hasta estornudar.

-Tiene sangre pero está muy gordo, sobón -dijo.

Había pasado un año y él tenía veinticinco. Desde la última vez que nos vimos, pensé, estuvo aprendiendo a juzgar, a no querer a nadie, y este es un duro aprendizaje. Pero no había llegado aun a quererse a sí mismo, a aceptarse; era a la vez sujeto y objeto, se miraba vivir dispuesto a la sorpresa, incapaz de determinar qué actos eran suyos, cuáles prestados o cumplidos por capricho. Estaba en la edad del miedo, se protegía con du­reza e intolerancia.

Montó, hizo girar al animal y estuvo sonrién­dome.

-Esta ciudad me enferma. Todo. Viven como si fueran eternos y están orgullosos de que la mediocridad no termine. Hace apenas una sema­na que estoy, y bastó para que no lo reconociera, para olvidarme de que con usted es posible hablar.

Hablaba muy de arriba hacia abajo, desde la estatura del caballo, consciente de esto y aprovechándolo sin desprecio. De todos modos, no era feliz. Lo vi de espaldas, del trote al galope, inclinado para exigir velocidad, separado de la montura pero tan unido al caballo que las ancas brillosas bajo el sol podían ser suyas.
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