domingo

JUAN CARLOS ONETTI - PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE (12)


III (4)

Pero no era por el dinero. Lo supo porque aquella noche, antes de que se acostaran y repitieran un frenesí que no dependía de ninguna reconciliación imaginaria, Ambrosio le entregó los pesos que le habían sobrado de la compra del animal.

Y es indudable que tampoco había tenido idea, durante todos los meses, del destino del dinero que reclamaba con humildad cada noche y escondía en el colchón. Estaba seguro de que iba a necesitarlo algún día; pero le era imposible adivinar para qué. Además, si el acto de devolución no fue suficiente para Rita, si sospechó que era falso o simplemente astuto, tuvo que convencerse definitivamente y muy pronto de que el chivo no había nacido del afán de dinero. Porque a partir de la tarde siguiente no volvió a ver a Ambrosio.
De modo que quedó como una viuda o una mujer abandonada con un hijo pequeño, con una criatura que no podía dejarse en desamparo ni confiarse a cuidados mercenarios. Tuvo que llevarlo al trabajo, a la estación; sin que ella lo sospechara, desde el alejamiento de Ambrosio su historia fue absorbida por la biografía del chivo. Porque ella, en realidad, dejó de vivir desde que quedó sin el muchacho y con el animal; por lo menos su vida no fue otra cosa que la repetición de actos tan idénticos, tan sabidos de memoria, que se ha­cían imposibles de comprender: el despertar en el principio de la tarde y en seguida la tarde va­cía, con un hombre o sin él; el horario cumplido en la estación, la cena en el restaurante miserable, el regreso con el chivo, con un hombre o sin él. Con el tiempo, la desconfianza que sintió al ver por primera vez al animal se transformó en un odio suave, inexplicable. Pero este odio no era más liberador que la desconfianza; se sentía atada a la bestia: la arrastraba brutalmente, le imponía ayu­nos caprichosos, pero era incapaz de abandonarla.

A partir de aquí la historia puede ser infinita o avanzar sin descanso, en vano, hacia el epílogo en el cementerio. Creo que faltan pocas palabras, que pueden distribuirse así, entre todas estas cosas:

Entre las sucesivas mudanzas impuestas por el crecimiento del chivo, las negativas, las peregrinaciones nocturnas con paquetes y valijas, estas veces sí llenas de ropas y pobrezas. Una pieza en Avellaneda, que aún veo, comunicada con un patio enano, un lamentable y desierto remedo de jardín, con treinta centímetros de tierra estéril, sobre escombros y basura, sobre roca imperforable, separado del mundo inexistente por un muro de cañas secas, sin hojas o con hojas mineralizadas, habitáculo del chivo. Paraíso protegido por un techo diurno de humo sucio, visitado en la no­che por bocinas de barcos, por silbatos policiales; rodeado por delincuentes farsantes e inseguros, por ociosos, jóvenes, exasperados candidatos a delincuentes que vivían y se trajeaban al servicio de la leyenda que nunca lograrían tener ni dejar. Cualquiera de estas cosas, pero precaria; porque apareció alguno mencionando una ordenanza, ha­blando de kilómetros y radios, pidiendo más dinero, demasiado.

También pueden distribuirse entre la última mudanza, la casita, la construcción de lata y madera en Villa Ortúzar, el destino que ella había estado provocando y creaba cada vez que mentía, el lugar junto al quemadero de basura, la zanja con agua blancuzca, el eterno caballo muerto de vientre hinchado, la patas hacia el cielo. Una habitación con piso de tierra húmeda, donde apenas cabían ella y el chivo, donde le hubiera sido impo­sible ubicar a la hermana o a la tía, a ninguna de las cambiables parientas que reiteraban su inasistencia a la estación.

Entre el ejercicio de lo que pocos hombres qui­sieron imponerle y ninguno logró. Pero que debe ser imaginado porque en algún invierno, tal vez, la gente se hizo desconfiada o avara, o porque el exceso de repeticiones quitó convicción al monó­logo pordiosero, o porque el precio de los alqui­leres se duplicaba con la presencia del chivo, o porque el chivo necesitaba una alimentación es­pecial y costosa, o porque yo tuve placer imagi­nándola prostituirse por la felicidad del chivo. Me parecía armonioso y razonable.
Entre el chivo y su crecimiento, su barba com­bada, sus ojos de un amarillo comparable al de muchas cosas, su pelambre sucia y su olor. Entre su pesadez, su tamaño gigantesco, la placidez de ídolo con que permanecía echado y su negativa a moverse, a sufrir frío o calor o interrupciones del ensueño en la poblada puerta de una estación. El chivo siguiéndola con protesta por calles retorcidas y nocturnas, más grande que ella, deliberadamente majestuoso y despectivo. El cabrón, ahora, con las patas dobladas bajo el cuerpo, rozando con los cuernos los techos tiznados y miserables, adormeciendo los ojos herrumbrosos, con un remoto agravio, con un desdén que no podría expre­sar aunque hablara, frente a los tributos ofrecidos a su condición divina: el pasto, las hortalizas, el hombre que ocupaba unas horas la cama para turbar la noche con una historia anhelante y conocida.

Enorme y quieto, blanco sucio, creciendo a cada minuto, desinteresado de la gente y sus proble­mas, hediendo porque sí. El cabrón, que es lo que cuenta.
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