domingo

IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (5)


(prólogo de POESÍA COMPLETA Y PROSA SELECTA, Biblioteca Ayacucho, 1978)

Esa pasión por las analogías se vincula con una concepción metafísica que a partir de La vida se reitera en sus versos. Arturo Ardao (1) considera que, después del Epílogo wagneriano, se produce en Herrera una crisis personal y filosófica que lo lleva sin ruptura del optimismo positivista del Epílogo, de 1902, a La vida, de 1903, donde “ya no se trataba sólo de Ciencia, dogmáticamente confinada en sus formulaciones de determinismo experimental, como un año atrás, sino de Ciencia y Metafísica. Este último término se incorpora ahora definitivamente a su léxico, como sustantivo o como adjetivo, tanto en la prosa como en la poesía, aunque no asuma, por otra parte, ningún significado de conflicto con el primero”.

“Naturalmente que toda su metafísica, más que otra cosa iba a ser un profundo anhelo de ella, como drama del conocimiento, como nostalgia de lo absoluto. Es bastante para que Herrera quede inscrito en la ascendente curva de su época que infundía a la sola palabra metafísica proscrita por el modo de pensamiento imperante durante varias décadas, una indefinible sugestión. Enigma, Esfinge, Duda, Incognoscible, Inconcebible, Impenetrable, en la esfera gnoseológica; Infinito, Absoluto, Ser, Nada, Dios, Causa Primera, Inconsciente, Gran Todo, Vida, Muerte, en la ontológica; Verdad, Bien, Belleza, Nirvana, Ilusión, Ideal en la axiológica, son términos, algunos reiteradísimos, por los que desde entonces expresará un pathos metafísico sin par en la poesía modernista. Ese pathos tuvo un sentido”.

Se trata de concepciones metafísicas que comparte con algunos de los simbolistas y que parecen haber sido el fruto de las mismas lecturas. En el propio Spencer habrá encontrado, seguramente, la idea un absoluto incognoscible cuya manifestación es el ser fenoménico, y la afirmación de que la vida ha evolucionado desde lo homogéneo a lo diverso. Pero es evidente que después, como a sus lejanos colegas, le atrajeron los principios de la muy difundida Filosofía del Inconsciente, de von Hartmann, discípulo de Schopenhauer, que fue traducida al francés en 1877: un Inconsciente, una voluntad irracional ha creado el mundo, evolucionando después hacia una inteligencia consciente. Era un monismo tan radical como el de Haeckel, con quien Herrera dice coincidir y que como Hartmann partió de las ciencias naturales. Para Haeckel el único principio es la materia y sólo admite la naturaleza infinita, cuya conciencia, en todo caso, puede ser llamada Dios.

El afán de Herrera por distanciarse, por alarmar a sus compatriotas, nunca lo llevó, parece, a renegar expresamente de su catolicismo. Pese a sus afectuosas chanzas sobre cosas de la Iglesia, al empleo burlón de los términos del dogma y del ritual religioso, y pese al desapego con que los integra -con que integra al mismísimo Dios- en el poema como lo hace con cualesquiera otros datos estéticos, pese al partido que su buen humor saca de todo ello, nunca lo hace con intención destructiva o con animosidad sino, más bien, como quien se burla, con bonhomía, de las debilidades de un viejo amigo. César Miranda, explicando que, por muy humano podía Herrera ser muy diverso, agrega que en sus versos podía aparecer como deístapanteísta o ateo; no menciona otra posibilidad.

Herrera no era, ni por asomo, un filósofo, pero como un hombre que piensa, hizo su opción y se quedó con un puñado de conclusiones coherentes que reiteró y no desdijo nunca de sus versos, a partir de aquellos sistemas antipositivistas. Aquellos sistemas que aceptaban un Absoluto, un Gran Todo, un Ser inconcebible, con diversos grados de conciencia, hacían posible, por un lado, una salida religiosa, un deísmo; por otro, le permitía concebir un “universo armonioso” -e, incluso, un panteísmo-, y ese universo orgánica en que todo “ritma y consuena” da lugar, por eso mismo y por su unidad fundamental, a la miríada de analogías que pueblan sus poemas.

En algún momento aparece como teóricamente conquistado por el simbolismo: lo define repetidamente, lo confunde con el arte mismo, lo declara su concepción de la belleza. “Todo tiene un símbolo, todo esconde una revelación. La forma de cada objeto expresa el fondo. Un enorme pensamiento diseminado late oscuramente”, dice en el prólogo a Palideces y púrpuras, 1905, del argentino Carlos López Rocha. Pero pese a eso, pese a que tal vez sea el simbolismo la escuela que más convicciones y teóricas y más elementos líricos le ha dejado, pese a las coincidencias y a las apreciaciones, sigue siendo posible afirmar que Herrera sea, salvo ocasionalmente, un poeta simbolista.

En su caso sucede con las escuelas lo mismo que con los aportes individuales. Se puede hablar de contacto con esta o la otra corriente, de influencias de Samain o de Heredia, de Lugones o de D’Annunzio, se puede rastrear en su obra los rasgos de toda la poesía francesa post-romántica. Se puede. Pero el conjunto de su poesía mejor -que, excepcionalmente, es mucha- pone en presencia de una personalidad poética incanjeable, de un formidable artesano que asimiló poderosamente lo que fuera y que con portentosa imaginación y tremenda soltura creó una obra que, aventada la escoria, se desentiende de cuanto no sea ella misma, que ignora o hace a un lado, pese a lo que el propio autor diga o crea, escuelas y clasificaciones.

Cuando en 1903 escribe La vida, “esa extrañísima anábasis”, como escribe Emilio Oribe, se pone fuera de todo encuadre. Aunque no recurre al rigor de la décima, como en Desolación absurda y en Tertulia lunática, poemas con los que se emparenta, el largo poema se anima como ellos a emplear el modesto octosílabo -un verso nada sofisticado ni libre ni “moderno”- para una empresa de suma exigencia, para dar cuerpo a un pensamiento denso y a una vigorosa y compleja imaginación, en una escritura muy suya, en la que se instalan ya, además del vocabulario propio -por no decir exclusivo-. la adjetivación intrépida, la desmedida hipérbole, el violento oxímoron, el juego de lo abstracto y lo concreto:

A un costado del arzón
caía su augusta pierna
¡como una interrogación
a la geometría eterna!

sus caídas en el mejor romance, el curso activísimo del poema en que nada es estático, la maravilla compleja de una imagen en que una trama inextricable obliga a prodigios de imaginación:

Bordoneaba la marea
de sus cabellos en hilas
de diamante musical…

Ya están ahí, además de su manera, sus motivos y sus concepciones. “Es el poema síntesis de su concepción filosófica en la fase definitiva de su existencia”, afirma Ardao. “Muy diversas alusiones filosóficas aparecen en la poesía y en la prosa de Herrera y Reissig, pero en ningún otro caso con tan declarado y dramático sentido de experiencia y definición personales como en este notable poema”.


Notas

(1) Arturo Ardao. De ciencia y metafísica en Herrera y Reissig.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+