jueves

LA TIERRA PURPÚREA (53) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XIV / LAS MUCHACHAS DEL YÍ (5)

Fue molesto tener que hablarles a esas dos mujeres en la cocina. Ambas eran grandes parlanchinas, y evidentemente habían llegado a un acuerdo de compartirme entre ellas como oyente, pues, primero una y en seguida la otra, hablaban con una monotonía capaz de volverle a uno loco. La mujer de Alday tenía seis palabras favoritas de retumbante sonido: elementos, superior, división, prolongación, justificación desproporción. De alguna manera u otra conseguía encajar una de estas palabras en cada frase, y, a veces, lograba encajar hasta dos. Siempre que esto sucedía, la hazaña la enorgullecía de tal manera, que deliberadamente y con toda sangre fría repetía la frase entera, palabra por palabra. La especialidad de la vieja eran las fechas. No había suceso que mencionase, ya fuese algún gran acontecimiento público, ya algún trivial incidente casero, que no diese, al mismo tiempo, el año, el mes y hasta el día. El dúo entre estos dos malditos organillos, primero la una con su retórica y en seguida la otra con sus fechas, continuó toda la mañana, y con frecuencia me volvía a Mónica sentada a su costura, esperando oír otra canción de su más melodioso instrumento; pero en vano, pues ni una sola sílaba pronunciaron sus silenciosos labios. De vez en cuando levantaba sus brillantes ojos oscuros un instante, para bajarlos otra vez, confusos, al encontrar los míos.

Después del almuerzo, hice una caminata a lo largo del río Yí, donde pasé varias horas buscando flores y fósiles, y entreteniéndome lo mejor que pude. Había miríadas de patos, gallaretas, espátulas y cisnes de cuello negro recreándose en el agua, y mucho me alegré de no tener escopeta, pues así no tuve la tentación de espantarles con rudos sonidos y hacer que se alejaran lastimados a expirar paulatinamente entre los espadañales. Por último, después de un buen nado, me encaminé hacia la estancia.

Mientras caminaba en dirección a la casa, y como a unas veinte cuadras de ellas, blandiendo mi bastón y cantando a toda voz de puro alborozo, pasé un grupo de sauces, y al levantar la vista, vi debajo de ellos a Mónica observándome mientras me aproximaba. Estaba de pie, absolutamente inmóvil, y cuando la divisé, bajó modestamente la mirada para contemplar, al parecer, sus pies desnudos que se destacaban muy blancos en el espeso y verde césped. En una mano empuñaba un ramo de las grandes azucenas coloradas de Otoño que empezaban a florecer justamente en ese tiempo. Cesó de pronto mi canto y me quedé algunos momentos contemplando, lleno de admiración, a la tímida y rústica beldad.

-¡Qué lejos has venido a buscar azucenas, Mónica! -le dije, aproximándome a ella-. ¿Quieres darme uno de tus tallos?

-Las recogí pa la Virgen, ansí que no puedo darle de estos, pero si me espera aquí un ratito bajo los árboles, iré a buscarle uno.

Respondí que esperaría; entonces, colocando el ramo que había recogido sobre el césped, se alejó. Volvió al poco rato con un redondo pulido tallo, delgado como el tubo de una pipa, y coronado con su bohordo de tres hermosas flores encarnadas.

Después de admirarla y agradecerla suficientemente, le dije: -¿Qué favor vas a pedirle a la Virgen, Mónica, cuando le hagas esta ofrenda? ¿Qué te cuide a tu novio en la guerra?

-¡No, señor! No tengo ninguna ofrenda que hacer ni favor que pedir. Son pa mi tía; le ofrecí traerle algunas porque… yo quería encontrarlo a usté aquí.

-¿Encontrarme a mí, Mónica…, para qué?

-Pa pedirle que me contara un cuento, señor -dijo ruborizándose y mirándome tímidamente la cara.

-¡Ay, Mónica, me parece que ya hemos tenido bastantes cuentos! Acuérdate cómo la pobre Anita esta mañana se arrancó de la casa para ir a buscar a una compañera en la neblina.

-Ella es una chiquilla; yo soy una mujer.

-Pero, Mónica, seguramente has de tener algún novio que estaría celoso si llegase a saber que habías venido a este lugar solitario para oír cuentos de los labios de un extraño.

-Naides jamás sabrá que yo lo he encontrao a usté aquí -repuso muy turbada, pero al mismo tiempo con insistencia.

-He olvidado todos mis cuentos, Mónica…

-Entonces, señor, iré a buscarle otro ramo de azucenas mientras usté piensa en uno pa contarme…

-¡No, Mónica, no! No debes buscarme más ramos de azucenas. Mira, te devolveré estas que me diste…; -y en diciendo esto, las arreglé en su cabello, donde haciendo contraste con su negro pelo, se veían hermosísimas y le daban un nuevo encanto a la muchacha-. ¡Ay, Mónica, te ponen demasiado linda!... Déjame quitártelas otra vez…

-Pero por nada quiso permitir que se las sacara.
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