sábado

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (55)


VI. EL COMPLEJO DE LAUTRÉAMONT

II (1)

Comencemos por estudiar el caso de un complejo de Lautréamont ficticio, lo que equivale a decir, malhecho.

Un caso muy evidente de ese complejo se ostenta, en toda la complacencia de su artificio, a lo largo del libro de H.G. Wells: La isla del doctor Moreau. Es conocido el tema singularmente pobre: tallando músculos y vísceras, disecando huesos y dislocando articulaciones, un cirujano fabrica “hombres” pedazo a pedazo, a partir de animales, de lo animal. El escalpelo es manejado como un lápiz: basta rectificar una forma para reparar un ser. Basta desplazar el órgano característico para modificar al carácter general: injertando la cola de la rata sobre su hocico, se obtiene un elefante en miniatura. Así procede el niño cuando dibuja; así hace el novelista inglés cuando “imagina”.

A la isla del misterio quirúrgico llega justo un náufrago para personificar el miedo y la náusea ante tal obra. Así, el que está encargado de las reacciones afectivas, de las que, muy gratuitamente, es descargado el cirujano, es un espectador. Un método analítico tal, que dispersa los elementos del complejo sobre varios personajes, incapacita cualquier logro psicológico. Un complejo debe guardar su síntesis de contrarios; es por medio de la suma de las contradicciones amontonadas como se tiene una medida de la fuerza del complejo. Para el complejo de Lautréamont, por apagados que se encuentren ciertos armónicos, hay que mantener la ambigüedad primitiva: temor y crueldad. El temor y la crueldad, como la ceniza y la lava, salen del mismo cráter.

Naturalmente, para recuperar lo real -lo que es una manera de suponer que no se ha salido de él-, Wells imagina una brutalidad vejada erróneamente por los artificios del doctor Moreau: las fuerzas sordas de la raza limitan el poder de este ensayo de biología constructiva; el olor de sangre, la vista de la carnicería liberan dinamismos mal canalizados y la novela termina con la rebelión y revancha de los animales, probando la invencibilidad de los destinos íntimos.
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