domingo

CON ENRIQUE ESTRÁZULAS "SOY UN HOMBRE QUE OYE"



por Agustín Courtoisie

Una tarde montevideana del invierno del 2011, de menguante sol sobre el ventanal de un bar de Pocitos, este cronista encontró por casualidad a Enrique Estrázulas, después de muchos años sin verlo. El escritor miraba la cucharita y su vaso de café cortado. Cuando alzó los ojos un momento hacia la calle, nos saludamos y entré al bar. Quizás, si lo pienso mejor, en poesía nada resulta casual de modo convincente.
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Por ejemplo, Enrique nunca imaginó que iba a recorrer el mundo gracias a Pepe Corvina, según le confesó a María Esther Gilio en 1995. “Toda la historia vino a partir de un pescador que vi una sola vez en mi vida, en la puerta de mi casa, con una lata herrumbrada en la mano, diciéndole a mi padre y a mi tío: «Este es el mapa del Paraíso Terrenal»”.

Pero por algo será que después de ese libro consagratorio, el escritor uruguayo nacido en 1942 desplegó una extensa obra en muchas direcciones –además de su labor como diplomático y periodista–. Como poeta, es el autor de El Sótano (1965), Fueye (1968), Caja de tiempo (1971), Confesión de los perros (1975), Poemas de amor -Madrigales, Blasfemias (1979).

Como novelista, además de Pepe Corvina (1974), Estrázulas publicó Lucifer ha llorado (1980), El ladrón de música (1982), El amante de paja (1986), Los manuscritos del Caimán (2004), Espérame Manon (2009). Y no faltan dentro de su vasta producción los volúmenes de cuentos como Los viejísimos cielos (1975), Las claraboyas (1975) y Cuentos fantásticos (1984), ni tampoco los ensayos como La canción de la mugre (1970), Mientras viva un poeta, un ladrón y una puta (1970) -ensayo sobre Carlos de la Púa (1970), El canto de la flor en la boca (1978), ni las obras de teatro como Borges y Perón (1998).

Esa misma tarde, invernal pero tibia, Estrázulas aceptó responder por mail algunas inquietudes para Letras Internacionales que probablemente muchos de sus lectores –antiguos, nuevos o futuros–, desearían conocer a modo de puesta al día con un autor de estilo inconfundible, prosa siempre poética, y atmósferas y personajes entrañables. En definitiva, todos buscamos pistas del mapa del Paraíso Terrenal.
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Me gustaría que compartiera con nuestros lectores algunos recuerdos de su amistad con grandes creadores, como Julio Cortázar y Alfredo Zitarrosa.
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Mi amistad con Julio Cortázar se inició en París en 1976. Ya lo había conocido en Alemania días atrás. Una mañana sonó el teléfono en mi habitación del hotel Saint Michel y era la voz de Cortázar que me invitaba a almorzar en un restaurant de Saint Germain donde iba frecuentemente. Nos encontrábamos en la esquina de la editorial Gallimard y fuimos hasta ese pequeño local donde se podía conversar tranquilamente con vista a los puentes del Sena. Me pareció que a Cortázar le gustaba la gente, que era un hombre sociable y me contestó lo siguiente “No me gusta para nada la gente. Me gusta conversar con el autor de Pepe Corvina, por ejemplo, pero la gente en general no me atrae y soy muy poco sociable”.

A continuación hablamos de Onetti, quien era mi íntimo amigo y a quien Julio admiraba sin conocerlo mucho. Me preguntó si era un personaje muy agresivo y solitario y yo le respondí que era esas dos cosas, pero cuando se daba la amistad con él, era un hombre entrañable, humorista y a menudo lleno de ocurrencias. Onetti era un gardeliano enfermizo y yo también. Una de las pasiones de Onetti eran los tangos y el alma de cantores como el que mencioné. No recuerdo que me haya nombrado nunca otro personaje que no fuera El Mago.

Cortázar me preguntó por los escritores preferidos de Onetti a nivel latinoamericano y yo le mencioné a Juan Rulfo y a Jorge Luis Borges. Onetti decía que Rulfo era extraordinario, que se podía estar con él una hora sin hablar o hablando constantemente. Rulfo, más tarde fue amigo mío. Hicimos tres giras por Alemania y aunque decía que no, me pareció un viajero incansable.

Onetti a Borges no lo cuestionaba políticamente: decía que el escritor podía ser del partido político que quisiera o no ser de ninguno o, por último despreciar la política. Un día que no olvido me dijo “Si querés leer  a un escritor perfecto, incluidos los europeos leé a Borges”. Cortázar tenía muchas reservas con Borges, dado que el autor de Rayuela era un hombre muy politizado hacia la izquierda. Algunos de sus colegas decían que Cortázar pertenecía a la “izquierda divina”. Yo lo admiraba fundamentalmente por sus cuentos y por su condición de buena persona.

Con relación a las amistades literarias fui muy amigo de Idea Vilariño, de Mario Vargas Llosa, y como ya lo manifesté, de Borges y Onetti. En aquel momento nacía mi amistad con Julio Cortázar con el que dialogamos muchas horas.

¿Cuál ha sido su evolución desde los tiempos de Pepe CorvinaLas claraboyas y Los viejisimos cielos, hasta la actualidad, mientras se aguarda la publicación de su próxima novela?

Desde los tiempos de Pepe Corvina, tuve una convicción no compartida por muchas personas. Yo creía, y creo, que mi segunda novela Lucifer ha llorado es tan importante como Pepe Corvina. No tuvo el éxito de esa famosa narración, pero tuvo una recepción crítica impresionante a la que no acompañaron las ventas del libro. Con relación a Los viejísimos cielos (mi primer libro de cuentos) empezaron mis narraciones cortas y algunas contundentes como Teatro Vacío. También en el libro Las Claraboyas existen relatos que voces autorizadas han tildado como admirables. Esos relatos son Ruedas de tren con sueño, Sirena Varada y, entre otros, La verdad está triste.
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Más tarde seguí mi línea de narrador (sin abandonar la poesía, porque la lírica está implícita en la narrativa) hasta obtener algunos éxitos como El ladrón de música y El amante de paja. Me gusta, particularmente, mi novela para buenos lectores titulada Espérame, Manón y que el lector común no entendió.

Ahora estoy trabajando titánicamente en una novela que tiene la ambición de la aventura y del relato fantástico. Se llama, desde ya, El sueño del ladrón, y anda por países exóticos como Islandia, por el Montevideo maravilloso y tétrico del Prado, por una Buenos Aires de diálogo infinito y en busca de algunas facetas desconocidas del universo. Es una novela filosófica. Es también una narración fantástica cuyos personajes, claramente humanos, son fantásticos también.

Yo no me propongo nada más que literatura, filosofía y un entresueño universal que sería profano para las mentes comunes. Una de las mentes más dotadas para pensar el infinito y la vida fue mi amigo Alfredo Zitarrosa. Ahora lo quieren convertir en gran poeta. Yo creo con toda sinceridad, que se trató de un gran cantor criollo y un escritor de letras para cantar, no de poemas. Era, indiscutiblemente, en consonancia con nuestra larga amistad, una mente superior. No agrego más.

¿Cuál es su visión de la cultura hoy, desde su sensibilidad como poeta, narrador y hombre atento a todas las expresiones del arte, incluido el arte popular?

El panorama actual es gris y confuso. Muchos se han lanzado a buscar la invención de grandes artistas que no son frecuentes. Algunos se han dedicado al descubrimiento de genios que todavía están anclados y no sabemos si algún día levantarán amarras. Hay un fetichismo central que nos dice, polémicamente, que la izquierda es sinónimo de cultura. Lo dudo.

Con relación a mis actividades como poeta, y a veces dramaturgo, creo que el próximo año publicaré Cien poemas breves que me parecen sintetizar lo mejor de mi poesía. Escribo teatro desde hace años. Mi primera obra se llamó Borges y Perón. Se estrenó con éxito en el teatro Cervantes de Buenos Aires en 1997. Posteriormente estrené en Montevideo la obra El gato y el sacristán con distintas suertes. Otra sobre Onetti y Gardel, aún es un texto sin voz humana, sin estrenar.

El arte popular, no existe, para mí, dentro de ese encasillamiento. Si hablamos de lo popular, podríamos hablar de Gardel, pero Gardel no era exactamente “popular” porque siempre lindaba con el arte mayor. Reconozco el arte popular como bueno, pero no soy un especialista. Soy un hombre que oye.
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