martes

JUAN PABLO PEDEMONTE - ALIVIO DE ESQUELETO


primera edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes / 2015

VELAS EN LA CATACUMBA

Este nuevo libro de Juan Pablo Pedemonte (Uruguay, 1981) nos presenta una inflexión o voluta ascendente de un espiralamiento iniciado en 2003 con Almajara, donde el autor ya demostraba un dominio profesional tanto del fraseo como de la estructuración de poemas que, como sucede muy a menudo, se van concatenando en una larga y única obra cuyos nuevos matices son marcados por las variantes de las prospectivas y los trenzamientos de los arquetipos vertebrales.
En Alivio de esqueleto fosforece intermitentemente una especie de perforamiento luminoso de la fatal angustia difusa que amenaza a todo adulto decidido a saltar con garrocha sobre la terriblemente selvática hermosura del mundo.
Claro que no todos los poetas trabajan con la vocación obsesiva y desahogante y salvífica de instalar su esqueleto incanjeable en los acueductos universales que tanto le importaban a Vallejo.
Es más fácil dedicarse a figuretear complacientemente en la pasarela de la pajeta inocua (el neologismo lo inventó Pedemonte) pero esa tentación se paga con el not to be que horrorizaba tanto al histérico príncipe exhumador de Yorick.
Onetti contaba que cuando le mandaban libros nuevos de poesía los leía atentamente (siempre que le interesaran) hasta el momento en que se daba cuenta de que detrás de aquel correcto y lucido palabrerío no había nadie, y entonces los tiraba a la mismísima mierda poniendo una trompa triste.
Con el sagrado desmoronamiento / se fueron mis huesos, mis nudillos, / la paciencia - escribe Pedemonte en una especie de confesión cloacal- Sentí la resurrección / de las espinas en mi cuerpo. / Y derrotado en los brazos de las flores más oscuras, / el domingo desnudó su sombra y su cruz / sobre mi espalda.

O en un tono de réquiem adolescentemente resignado: Hubiese querido enhebrar los cuervos / que te enfermaron esa noche bajo la cama. Uno a uno, atravesarles un cordel de humo / y callarlos en el aire para siempre. / Pero quién era capaz de dar con una fiebre emplumada en la infancia / o con esos pájaros que clavan su pico en el amanecer y lo desangran?

Hasta que se decide a implantar velas invencibles en lo más denso de la catacumba:
Por un segundo, versar sobre tu vientre un nombre; / dar, de tu cobre al Hombre, un corazón. / En suma, soñar este segundo insobornable. / Y enmilagrarme. Ponerme de rodillas sobre mí. / Besar mi carne, el mundo, las cucharas, / la existencia. / Guardar tus ojos en mis costillas. / La vida es, en suma, / asumir este segundo.

Y así se va imponiendo algo así como una heroicidad de convento que termina por atreverse a clarinar:
Y amé, por encima de la curda de un puñal de luces, amé. / Llevé el esqueleto con flores ajenas. / Aprendí que ninguna cicatriz es otredad. / Fui hasta el borde y nací. / El humo es otra historia.

La podredumbre de Dinamarca se decapita nada más que con una espada crística.
Y el reino lo agradece.

Hugo Giovanetti Viola

PRIMERA ENTREGA


URDIMBRES
                                             
Día a día,
amanezco la luz de tus cromosomas
en mis huesos.
Hueso a hueso,
perpetúo este sistema
de existir acostillado en tu lumbre.

Soy esa palabra que madura en tu boca
y cae
para formarme labios y decirte.

Paso a paso,
urden mis huellas
una procesión de luces
que acaba en tus pies.
Cuerpo a cuerpo,
atardecemos uno sobre el otro
hasta nacer.


EL SILENCIO DE LAS ORQUÍDEAS

Tramo la soledad en la que esperaré
fumándome largamente los huesos.

Hablo del miedo,
de estos versos que sucumben hacia sórdidos puntales;
de esta caravana de sombras
que avanza inexorablemente a mis espaldas.

Tejo la trampa donde caeré de rodillas
sobre el lomo oxidado de los relojes.

Hablo de la lluvia,
de los córvidos que escupen las sales oxácidas,
del trémulo claxon de los trenes.
Hablo de la espesura que toman mis pies
cuando camino como animal por mi dentadura
y temo.

Hablo del temblor de ciertas orquídeas
cuando callo.


EL RITUAL DE LA PALABRA

a Jorge Meretta,
que supo escribir sus versos en mi entraña.
Hubiese querido enhebrar los cuervos
que te enfermaron esa noche bajo la cama.
Uno a uno, atravesarles un cordel de humo
y callarlos en el aire para siempre.
Pero quién era capaz de dar con una fiebre emplumada en la infancia
o con esos pájaros que clavan su pico en el amanecer y lo desangran?

Sé que dormiste sin hallar la clave del laberinto,
que ufanaste tu propio sueño y al despertar fuiste una isla en el alba,
un ángel del silencio escribiendo a puertas cerradas.
Y cuando no, memoraste el insomnio, 
hurgaste la señal del acertijo, el código mayor,
escribiendo a oscuras, con casco y espada, tanto mundo.

Aquella tarde te vi temblar bajo la cama
con los ojos incendiados de pájaros.
Oí las sábanas huracanándose en tu cuerpo
como una ola que intenta amortajar la noche.
Y sobre ese infierno, bocarriba,
yacía tu sombra como una cicatriz inconclusa.
Escarneciendo sus propios cuervos decía: ávese.

Si acaso fuiste ese pasajero, sobrante del humo,
en una emboscada de piedra;
si debiste cambiar de sitio, sin conocer un domicilio,
para hallar las reliquias del relámpago,
o te escondiste en el cielo
para ser el cazador de lluvias y entrar al mar siguiente;
si acaso, después de todo, debiste / decir;
quién puede decirte basta? Quién, enterrarte por muerto?

Hoy anduve en el viento de la calle Garibalidi
bebiendo más allá del tiempo.

Nadie muere de entierro.


FIEBRE DE CEMENTO

Unos zapatos deberían sostener a un hombre.
Sin embargo, apenas cargan su calavera
por la fiebre del cemento.

Es terrible ver cómo se desatan los cordones y la lluvia,
cómo golpean los humanos entre sí
trajinando por la enfermedad de las calles.
Todo es tropiezo:
un perro muerto mira desde una esquina,
un semáforo ha cambiado su luz para siempre,
unos arpegios empujan la noche a otro sitio.
Pero el hombre es una bestia obstinada:
se yergue y continúa peinándose los huesos en la tormenta.

Una calle debería sostener a unos zapatos.
Sin embargo, los araña con su pedregullo,
les inyecta su mugre, su humedad;
los infecta con la luna en sus aguas estacionadas.
Toda su entraña gris; su cal y hollín,
se aneja en los animales que la caminan.

Así se hace el hombre.
Aunque el mundo no pueda sostener a una calle.

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