martes

ALIVIO DE ESQUELETO (2) - JUAN PABLO PEDEMONTE


primera edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes / 2015
ÚLTIMO ABRAZO

Dejaré los huesos desparramados
para que vengan tus manos a tejer la prudencia.
Primero, de mis costillas.
Tus falanges curvarán en la oquedad
donde insistían mis latidos.
Mojaré en tus yemas
mientras ordenas mis huesos lagrimales y me miras.

Después, compondrás mis caderas, mis tobillos, mis talones.
Rearmarás mis pasos; los pondrás sobre la alfombra plata
del Port des Champs-Élysées o subiendo
callejones que guardan las humedades de nuestros pies.

Recién entonces, urdirás mis húmeros 
-largas gotas desprendidas-
para eternizarme un último abrazo.


PARTIR

Cuán cerrada sea su mugre
cuán alumbrada su madera
no importa
cuán lunar sea el peso mortal de su proa

Ya olvidaré los sépalos abiertos de la cruz del sur
las venas que persisten en la cornamusa
la indomable caravana de muertos que grilla en mi costado

No importa el agua recia que arrastre
el rastro herrumbrado en la arena
No importa
cuán arañado esté el crepúsculo cuando parta

Tomaré ese barco


MADRESOMBRA

Es extraño. Mi tórax se constriñe como un acordeón
para que salgan notas oscuras,
mis papeles se cargan de humo, toman el color
de una magnolia muerta.
Puedo hallarme en sus raíces inyectadas de gusanos,
cada vez más débil e inservible.

Es extraño. Mi pecho se cierra como una puerta.
Me enclaustra solo, abandonado entre clavos y huesos.
Como si uno golpeara al otro,
oigo la rítmica negra de mis latidos.

Y la noche cae sobre los pulmones.
Es extraño repeler el plomo de la madre sombra y respirar.
Surgen acordes en la tabla anciana de mi salvación.

Entonces, escribo.


LA DISTANCIA RESPIRATORIA


      a Alfredo Fressia

La cuerda, allí.
Pero, de pronto, dos insectos se arpegian mutuamente los cuerpos sobre el nudo. Vigilan la persistencia del mundo y lo sobrevuelan como un pensamiento.

Y la cuerda, allí.
Pero, de pronto, el sol se encueva en la redondez del lazo; esparce la sombra del nudo en la eternidad trenzando una fuga de dorados.

Pero la cuerda, allí.
Y de pronto, dos muertos se ayudan invisiblemente a morir. Sus lenguas liban signos partidos como el odio.

Y la cuerda, allí.
Pero, de pronto, el hombre suda una lágrima del cuello al corazón. Ve como una hormiga asciende por la soga cargando su muerte.

Y la cuerda, allí. Pero de pronto, abandonada.

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